Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, No. 409,
Edición 2
de enero del 2005, Rep. Dom.

Decálogo de una mujer predestinada

Con mucho afecto y cariño a la Lic. Profesora Rosa Elba Fernández de Mena, por su sufrimiento, dolor, inteligencia, cultura y paciencia santificantes.

Por Yayo Rosario Galán

La perfecta y alba simetría de tus dientes, que iluminaban cuan cocuyos los relámpagos fugaces de la noche, que guiñen y parpadean mi espíritu, no pueden jamás perecer en mis ojos, aún humedecidos por la nostalgia y el recuerdo imborrable de tu amorosa figura celestial.

Y hoy, al volver a afilar el lápiz de mis ditirambos a tu figura excepcional, me coloco entre la multitud de enamorados cuyos ayes de dolor aun pululan en las regiones etéreas derramando tristeza y recuerdos imborrables.

Aun recuerdo el dorso de tus delicadas manos con tus venas rebozadas con tu purpúrea sangre, las cuales hablaban con la elocuencia de tu amor vibrante hacia los tuyos que tanto amaste, quisiste e idolatraste y de quienes sólo nos queda el recuerdo de tu amor singular e inigualables.

Tú, que mutaste mi hábitat, al provocar con tus ojos taladrantes y elocuentes, mi traslado físico desde la culta y olímpica donde por 31 años ingerí las aguas puras del otrora caudaloso Camú, para con tu amor superior e imán atrayentes me hiciste tomar las aguas confluenciales de Brazo Grande y Cuaba que pristinamente formaban nuestro aun viviente acueducto, cuando esta ciudad era en ese entonces una aldea próspera y acogedora, que bañaba estas tierras de promisión y de campos fecundos, hasta hacer hablar las semillas caídas en los fértiles surcos del progreso.

Y a los 20 meses de verte partir en el carro funesto y gris de la muerte, aun respiro el aire que irradiaste con tu amor, tu trabajo y tus esfuerzos impagables y que aun llevo grabados en mis húmedas pupilas y en mi enmarañado y cicatrizado cerebro y en mi cocido corazón bovino que tu recibiste en Ohio con tus bellos ojos llorosos y tu arrítmico corazón, que hacía temblar tu pecho que DIOS esculturizó y aun veo todo los días tu lápida ennegrecida por el humo del velón inapagable que te prometí para iluminar tu recuerdo y tus grandes virtude de madre y esposa.

Tu cuerpo sigue horizontalmente yacente en el camposanto, tu espíritu vagando en las regiones etéreas, pero tu figura indeleblemente grabada en mi recuerdo que hace evocar cada instante de mi efímera vida terrenal.

Es decir, mi querida Ana Teresa, que me es imposible olvidarte, aun en medio de los últimos hálitos de mi vida, cuando DIOS le ponga fin a esta vida estrujada por el tiempo y el espacio cuan gavilán que herido zigzaguea.

Es por ello, que hoy hilvano este “decálogo a una mujer predestinada”...
Hija primogénita que amó y respetó en forma inusitada a sus progenitores.
Esposa solidaria en la más sublime expresión en el dolor y la alegría.
Madre ejemplar que crió y educó con perseverancia, ahínco y abnegación.
Abuela dulce y cariñosa que mimó entrañablemente a sus queridos descendientes.
Una heroína indesmayable en el trabajo con el más excelso sacrificio.
Un ejemplo de virtudes cívicas con sus convicciones ejemplarizantes.
Una Sra. que con su indomable firmeza inspiraba respeto, cariño y admiración.
Estoica y pertinaz en la cima de las adversidades y la resignación.
Humilde, solidaria y bondadosa en la cima de sus logros y conquistas.
Viuda y esposa rectilínea cuya conducta moral la eleva al pedestal de la gloria
Así eras tú... sencillamente así.
Ana Teresa Rojas de Rosario

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