Voz escrita de San Francisco y el Nordeste,
Lunes 15, de marzo del 2010

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Iglesia Abierta

El sacramento de la sonrisa

• Padre Isaac García  (1 de 2)

Hace pocos días llegó a mis manos el libro “Razones para la Alegría” de José Luis Martín Descalzo, sacerdote católico español de la ciudad de Madrid, por demás periodista y buen escritor; al irme directamente al índice me llamó poderosamente la atención su primer capítulo, por su extraño título, a saber, “El Sacramento de la Sonrisa”. Hasta donde yo sé, en la Iglesia predicamos sólo siete sacramentos. ¿Habrá inventado el Padre Descalzo un octavo? Respondo que no, pero sí creo, después de haber leído este capítulo, en la necesidad que tiene el mundo de sonreír. Hoy se hace necesario que nos inventemos nuevas maneras de reír con el alma y que hagamos de la sonrisa un sacramento, que llene de bendiciones a todos los nuestros sin importar qué estemos viviendo en nuestra vida, porque a decir del mismo Padre Martín, siempre “las razones para la alegría son más fuertes que las razones para la tristeza”. Pero no seguiré conversándoles, prefiero que sean ustedes mismos/as que hagan suyos/as los sabios consejos de este insigne sacerdote invitándonos a que hagamos de la sonrisa un nuevo “sacramento”. Cito textual:

“Si yo tuviera que pedirle a Dios un don, un solo don, un regalo celeste, le pediría, creo que sin dudarlo, que me concediera el supremo arte de la sonrisa. Es lo que más envidio en algunas personas. Es, me parece, la cima de las expresiones humanas.

Hay, ya lo sé, sonrisas mentirosas, irónicas, despectivas y hasta ésas que en el teatro romántico llamaban «risas sardónicas». Son ésas de las que Shakespeare decía en una de sus comedias que «se puede matar con una sonrisa». Pero no es de ellas de las que estoy hablando. Es triste que hasta la sonrisa pueda pudrirse. Pero no vale la pena detenerse a hablar de la podredumbre.

Hablo más bien de las que surgen de un alma iluminada, ésas que son como la crestería de un relámpago en la noche, como lo que sentimos al ver correr a un corzo, como lo que produce en los oídos el correr del agua de una fuente en un bosque solitario, ésas que milagrosamente vemos surgir en el rostro de un niño de ocho meses y que algunos humanos -¡poquísimos!- consiguen conservar a lo largo de toda su vida.

Me parece que esa sonrisa es una de las pocas cosas que Adán y Eva lograron sacar del paraíso cuando les expulsaron y por eso cuando vemos un rostro que sabe sonreír tenemos la impresión de haber retornado por unos segundos al paraíso. Lo dice estupendamente Rosales cuando escribe que «es cierto que te puedes perder en alguna sonrisa como dentro de un bosque y es cierto que, tal vez, puedas vivir años y años sin regresar de una sonrisa». Debe de ser, por ello, muy fácil enamorarse de gentes o personas que posean una buena sonrisa. Y ¡qué afortunados quienes tienen un ser amado en cuyo rostro aparece con frecuencia ese fulgor maravilloso!

Pero la gran pregunta es, me parece, cómo se consigue una sonrisa. ¿Es un puro don del cielo? ¿O se construye como una casa? Yo supongo que una mezcla de las dos cosas, pero con un predominio de la segunda. Una persona hermosa, un rostro limpio y puro tiene ya andado un buen camino para lograr una sonrisa fulgidora. Pero todos conocemos viejitos y viejitas con sonrisas fuera de serie. Tal vez las sonrisas mejores que yo haya conocido jamás las encontré precisamente en rostros de monjas ancianas: la madre Teresa de Calcuta y otras muchas menos conocidas.