Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, Ed. 498
Domingo 14, de marzo del 2010

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Iglesia Abierta

La Mirada de Jesús

• Padre Isaac García

Miércoles, 15.10.2008
En los dos artículos anteriores tratamos el tema del “Sacramento de la Sonrisa” desde la visión que nos expuso el P. José Luis Martín Descalso y concluíamos lo hermoso que es poder brindar y recibir una hermosa sonrisa, y veíamos que siempre habrá más razones para estar alegres que para vivir tristes. Pasemos ahora de la Sonrisa a la Mirada. Si mucho decimos con una sonrisa, cuánto más decimos con una mirada. Pero no hablemos de las miradas nuestras, muchas veces corrompidas por el odio, los rencores, las envidias, los malos deseos; hablemos de la mirada de Jesús.

Desde todas las disciplinas del saber nos han tratado de explicar la personalidad de Jesús y han logrado muchísimo, pero quiero fijarme en los pintores que en sus cuadros e imágenes coinciden graficar en él una mirada profunda, serena, llena de paz, ternura, llena de luz y de vida. En múltiples ocasiones me he quedado mirando cuadros de Jesús donde parece salir un rayo de luz de su mirada diciendo: “Te conozco más que tú mismo. Sé quién eres, sé de tus triunfos y fracasos, de tus buenas y malas obras, conozco con lujos de detalles tus virtudes y defectos y, sin embargo, te amo”.

Lo mejor de todo es que Jesús, que siempre nos mira donde quiera que estemos, nunca nos mira para condenarnos, sino para perdonarnos, no nos mira para reprocharnos, sino para hablarnos con dulzura al corazón (Jn 1,45-48) y en vez de castigarnos, nos premia; en vez de reprocharnos y alejarnos de su pureza inmaculada por nuestros tantos errores, nos premia sumergiéndonos en su costado abierto de su infinita misericordia (Jn 19,34) y nos conduce hasta las fuentes tranquilas y descansa junto a nosotros en sus verdes praderas (Sal 22,2). ¡Qué diferente es la mirada de Jesús!

Y qué lindo es Jesús, porque no se arrepiente de amarnos infinitamente y a pesar de nuestros errores no nos esconde en la oscuridad, sino que su mirada es como un rayo de luz que traspasa lo más íntimo de nuestro interior y nos ilumina y nos hace aparecer ante su presencia sin máscaras y disfraces, sino tal y como somos y entonces, no sólo le conocemos a él, sino también a nosotros mismos y a pesar de ese descubrimiento que él hace de nosotros, tampoco nos delata ni nos acusa delante de nadie, sino que nos perdona, nos libra de las cadenas del pecado y rompe todos los muros que nos atan y nos encierran en el egoísmo y las tristezas que encontramos en la vida y abre para nosotros una nueva oportunidad (Jn 8, 1-11), y recrea su misma creación: nos hace criaturas nuevas dispuestas para recibir el Espíritu Santo, que a decir de Nicodemo ha de ser la meta para llegar a convertirse en una nueva criatura (Jn 3,1-12)

Ahora me pregunto, ¿Cuántas veces hemos tenido miedo de mirar delante del Sagrario, cuando el Sacerdote levanta el Cuerpo y la Sangre de Jesús, o delante de un cuadro y entrelazar nuestros ojos con los ojos del Maestro y sentir que nos aluzamos en el espejo de la justicia de quien es la fuente del Amor y la Misericordia? Si no nos atrevemos a mirarle es porque nos sentimos como tierra reseca, agostada, sin agua (Sal 63,2), pero nunca olvidemos que él es la Fuente de Agua viva, como se le reveló a la Mujer Samaritana (Jn 4, 1-42) y que para dar frutos hemos de descubrirle como nuestro tesoro (Mt 13, 44-46) y mantenernos unidos a él (Jn 15, 9-17). Miremos a Jesús, dejémonos mirar por él, porque es su misma mirada la que nos permite descubrir la gran necesidad que tenemos de él, de sus dones y su gracia.

No nos escondamos de su mirada, porque a dónde escaparemos, si el Señor todo lo conoce, todo lo sondea, todo lo abarca (Sal 138) y dejándonos mirar por él se recibe la mayor felicidad a la que todo ser humano aspiraría aquí en la tierra, que es su Palabra y su llamada: “Jesús se quedó mirándolo y le dijo: Sígueme. Él se levantó y lo siguió” (Mt 9,9) y de esta manera ser parte del mismo proyecto maravilloso de salvación que Dios ha planeado desde antiguo para la humanidad y para mí, para ti, personalmente.

No temas y no dejes de poner tu mirada en la mirada de Jesús que es lo mismo que poner toda tu confianza en él y verás que a partir de ese momento ya no sólo mirarás tú a través de tus ojos, sino el mismo Jesús ya tendrá la posibilidad de tener dos ojos más para él mirar en este mundo y que esos dos nuevos ojos irradien la paz de Jesús aún en medio de las tormentas (Mt 23-27) y lograr la configuración paulina que te pide ser instrumento del Señor: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo que vive en mí”. (Gal 2,20).