Voz escrita de San Francisco y el Nordeste, Ed. 498
Viernes 03, de septiembre del 2010

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Origen, leyenda del nombre Jaya y Macorís
(Breve reseña histórica precolombina)

Miércoles, 15.10.2008
Por motivos sobrados, la ciudad cabecera de la Provincia Duarte conserva y está orgullosa de llevar el nombre de “Macorix”.

Diversos lugares, ríos, árboles y jefes de tribus, llevaron el nombre de “Macorix”, entre estos el cacique Macorix, señor de las tierras que hoy ocupa la ciudad de San Francisco de Macorís, bajo el dominio de “Guarionex”, quien tenía su asiento en el poblado de “Guarícano” en cuyas inmediaciones se fundó la ciudad de Concepción de La Vega.

Macorix es muy probable que en compañía de otros jefes belicosos, se batiera contra los españoles en el Santo Cerro, pereciendo allí, porque a partir de esa época sus dominios fueron abandonados emigrando sus súbditos a las altas tierras cercanas al mar, acosados por las exigencias de los españoles, el pago del tributo en oro y las agotantes faenas a que fueron sometidos después de su derrota.

Dos razas distintas puede decirse que poblaban la tierras que hoy pertenecen a la Provincia Duarte a la llegada de los conquistadores. En el valle y en las montañas, los “Macorixes”, los “Ciguayos” con su jefe “Mayobanex”. El intercambio de estos dos pueblos aunque se ponían en contacto a través de la ancha cordillera del norte, era más común por los ríos Yuna y Camú en pequeñas embarcaciones de tronco ahuecados que descendían la corriente y luego eran traídas a golpes de botavaras que se apoyaban en el fondo del río.

Vivían en “Bohíos” o chozas, algunos tan espaciosos que tenían capacidad para albergar a más de cincuenta personas, cubierto de paja, yaguas o pencas de palma; fumaban el “tabaco” (coiba) absorbiendo el humo que se levantaba de vasija chatas y en cachimbos de doble canuto que introducían por la nariz descargando luego por la boca con deleite salvaje.

Hacían túbanos o líos de hojas secas de cierto grosor. Esta misma hoja, hecha polvo la aspiraban por la nariz en ciertas ceremonias especiales, excelentes agricultores, cultivaban la yuca, el mapuey, yautía, maíz y otros frutos que constituían su principal alimentación, preparados de diversas maneras. Eran buenos cazadores y pescaban utilizando el guanibre y el baigua que machacado echaban en los ríos para atontar los peces. Las mujeres, excelentes bailadoras de ritmos primitivos, gustaban del placer del adorno y vestían sus “nauas” (minifaldas) tejidas de una especie de algodón producido por un árbol llamado por ellos “macorix”; a los muertos los envolvían en largas tiras de este mismo material y con un jarro de agua y un pedazo de pan “casabe”, eran luego sepultados en grandes tumbas de palos y tierra.

De sus obras de cerámica puede decirse que asombran por su perfección en el arte del adorno, pudiendo verse en el Museo del Hombre Dominicano, potizas y gafarras encontradas en Río San Juan, Cabrera y otros lugares de la provincia. Los hombres, especialmente los señores o “nitaínos” podían elegir cuantas mujeres les viniése en gana, siempre que fueran aptos para mantenerlas, tenían el sentido de la belleza, pues las más hermosas las tenían en lugar de preferencia y si moría el esposo, esta voluntariamente, se hacía enterrar viva con él. Sus armas consistían en hachas de piedras de diversas formas y calidad, de acuerdo con el uso a que iban a ser destinadas, arcos, flechas, macanas y garrotes que utilizaban en la guerra.

El nombre de “Jaya”, río que lame con sus aguas los contornos de la común cabecera de la provincia, tiene su origen en una leyenda indígena antiquísima que se remonta al fin del mundo conocido por ellos debido a un diluvio y principio de otra Era, en la que se refiere cómo un señor llamado “Jaya” tenía un hijo “Jayael”, que quiso matarle, pero descubierto fue desterrado durante meses. A su regreso fue muerto por su padre, quien ocultó los restos en un higüero que fue robado por cuatro jóvenes de la vencidad conocedores del secreto, pero sorprendidos por “Jaya” que regresaba de sus “coniches” o labranzas lo arrojaron al suelo para huir y al quebrarse, brotó de su interior tanta agua que toda la tierra se inundó y multitud de hombres, mujeres y niños perecieron quedando solo sobre la superficie de las aguas las montañas, formando las ilsas del archipiélago.

Macorix (también Marol, Macorice, Macoari, Macauriz). Existen dos pueblos en el país con tal nombre: San Pedro de Macorís (por el río Macorís) y San Francisco de Macorís (por el indio Macorix). Marolo era el nombre de una familia o tribu cibaeña, la primera en abrazar la religión cristiana, Macorix cuya significación es lugar de ranas (maco, rana).

Se dice que Juan Manuel, indio del Cibao, al ser sacrificado por los indios de Guarionex, que incendiaron una ermita construida por Macorix, considerado por Fray Ramón Pane, como el primer mártir de la fe critiana en América, al morir decía: “Dios Naboria daca, ro sirva más que a Dios”.

Muchos lugares, ríos y cosas conservan todavía sus primitivos y auténticos nombres, tales como: Joba, Nagua, Yaiba, Boba, Bijao, Cuaba, Tubagua, Patao, Ciguay, etc.