La Demagogia en la Acción Política

El recurso, instrumento o mecanismo al que apelan muchos políticos con el propósito de concitar apoyo de manera exagerada y truculenta para sus pretensiones y aspiraciones a candidaturas, nominaciones o postulaciones en campañas electorales es lo que llamamos demagogia.

Presidentes, legisladores y funcionarios a todos los niveles recurren a esta nociva, denigrante y falsa táctica que busca incentivar las pasiones, los deseos o los miedos de la gente para conseguir el favor popular.

La demagogia es una degeneración de la práctica y métodos democráticos. Es la insinceridad, la mentira, falacia, omisión y manipulación manifestada de forma grosera y temeraria como una utopía, un ideal o una quimera que está latente en una población, conglomerado o comunidad política, y que es el producto de una necesidad, carencia o aspiración que desea ver resuelta o conquistada una sociedad.

Cuando el presidente de la República promete y asegura acabar con los apagones, implementar una revolución educativa o renovar el compromiso con el Estado Democrático o cuando él mismo expresa ante un grupo de campesinos que “se acabó la práctica de que una persona reciba dos sueldos en el Estado”. La ciudadanía ve estos pronunciamientos como un ridículo y una burla, y si ha alcanzado algún nivel de análisis y criticidad, ese ciudadano lo verá como una perorata o discurso engañoso y, en definitiva, demagógico.

El presidente en lo prometido anteriormente sabe y está consciente que no tiene la más mínima posibilidad de alcanzar dichas metas, ya que, así como domina las fortalezas del gobierno y Estado que administra, sabe también que hay metas que, por sus limitaciones, condicionantes y deficiencias del propio gobierno que gerencia, son imposibles de lograr, por lo tanto, cuando las anuncia con bombos y platillos está actuando demagógicamente.

Es que la demagogia es la hipocresía del progreso y se confunde con el populismo. Es una cortina de humo que pretende entretener a los ciudadanos frente a la profunda crisis que sufren, por ejemplo, en los servicios públicos como: agua, salud, educación, alimentación, electricidad y vivienda.

¿Cómo entretienen esos políticos y funcionarios a los pobres, excluidos sociales, madres solteras, desempleados, campesinos, estudiantes y minusválidos? ¡Oh! Fácil. En una sociedad como la nuestra un presidente de la República o un ministro recurren a medidas inmediatistas, cortoplacistas y de parches, por ejemplo, entrega de bono-luz, bono-gas, bonos-educativos, tarjeta solidaridad; poner piso de cemento a casitas que tienen pisos de tierra, las visitas sorpresas, que, en definitiva, ninguna de esas medidas populistas, electoralistas y clientelares resuelve él o los problemas de fondo y de raíz de la población dominicana.

Cuánta razón tiene Aristóteles al decir que “la demagogia es la degradación o corrupción de la democracia y estrategia utilizada para alcanzar el poder político”.

En la actualidad se respira y transpira un ambiente de repudio, rechazo e indignación por parte de la población dominicana a muchos políticos por su práctica demagógica exhibida en su retórica, en sus mensajes y propaganda para supuestamente ganar adeptos. El demagogo lo podemos comparar con el domador de serpientes.

Todo ciudadano o ciudadana que se incline por la actividad política partidaria, ostente posiciones públicas y de poder, asumiendo roles de autoridad, debe abrazar y poner en ejecución el arte de la prudencia, la decencia, la sinceridad, seriedad, honestidad y transparencia, abandonando la utilización de argumentos falaces aparentemente válidos y que, sin embargo, tras un análisis de las circunstancias, pueden resultar inválidos o simplistas. El demagogo engaña, miente, hace promesas imposibles de cumplir, adormece y hace soñar a su clientela política, proponiendo soluciones fáciles a problemas estructurales graves.

Un político sincero y honesto no le miente a su pueblo ni a su gente, habla con la verdad, con el corazón; educa e ilustra sobre el Estado de la economía, las finanzas, la deuda interna y externa, déficit fiscal, balanza comercial y si hay dificultades económicas, da ejemplo de austeridad en el uso de los recursos. El demagogo aplica el principio maquiavélico “El fin justifica los medios” y, separa así la política de la moral.

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