Nadie sabe bien su oficio si no lo toma por vicio

Toda persona tiene el deber y puede reclamar el derecho de aprender, que se le enseñe un oficio porque es un bien que nadie le puede arrebatar ni hipotecar.

Está demostrado que la persona que sabe un oficio se hace independiente ya que le sirve como pasaporte para todos los climas y países del mundo sin pagar derechos de aduanas, pasajes ni peajes; es como recibir una caudalosa fortuna que nunca se agotará.

Un niño, un adolescente, un muchacho, una persona adulta sin importar la edad, puede y debe aprender un oficio porque en realidad constituye un billete de valor incalculable que se puede hacer efectivo en el lugar donde esté o le toque vivir.

Los ejemplos están a la orden del día y en todas las partes, lo que nos permite valorar que un oficio constituye la única propiedad que vale siempre y cada vez más por la experiencia de su dueño.

Es importante que expliquemos que aprender un oficio no requiere acudir a la universidad. Ingresar a la universidad debe ser una decisión posterior a aprender el oficio, ya este le dará a la persona el soporte económico y emocional necesario para continuar preparándose o cursar la carrera que desee.

En la zona rural, por lo regular abandonada, los centros de estudios ofrecen los mismos contenidos y programas de enseñanza que en las ciudades. Es decir, que la instrucción que se imparte en las escuelas del campo no se asocia a la producción, a la vida económica ni cultural de su comunidad.

EL JAYA propone a las comunidades constituir sus juntas de vecinos, club de jóvenes, amas de casa, cooperativas, asociación de agricultores, grupos religiosos de cualquier denominación, para que comencemos a valorar el patio de cada escuela como el espacio apropiado para el taller donde se les enseñe a los estudiantes las técnicas para producir y aumentar la productividad es decir, prepararles para la vida.

Más del 98 por ciento de los planteles las zonas urbanas y rurales tienen sus patios ociosos, baldíos, sin cultivos, una vergonzosa paradoja, que tiene que corregirse sin pérdidas burocráticas de tiempo.

No olvidemos que la primera misión de la escuela es facilitar la socialización de los integrantes de la comunidad que en ella interactúan como son sus alumnos, maestros, personal de apoyo, padres y tutores.

La segunda misión de la escuela tradicional es transmitir la educación memorística, simbólica (*) que, de forma urgente, tiene que modificarse por las exigencias de estos tiempos que obligan a hacer mayor énfasis en la formación de ciudadanos conscientes de que su dignidad es la más excelsa de las cualidades intrínsecas del ser humano.

Amplio o pequeño, el patio de la escuela de la área urbana o de la zona rural, tenemos que convertirlo en un espacio sagrado en razón de que en ese lugar es donde se impartirán a los estudiantes los conocimientos y se les darán las herramientas teórico-prácticas que les servirán de soporte en su vida social y económica.

Aunque resulte inútil, como ejercicio sería interesante calcular la cantidad de personas que por generaciones y aún hoy padecen hambre pese a haber asistido por mucho tiempo a la escuela tradicional que, en realidad no nos gradúa, nos ha expulsado.

Esos cálculos nos permitirían confirmar que la educación que se recibe de los planteles tradicionales desde siempre no preparan a nadie en nada ni siquiera para afrontar al hambre que es la más elemental de las dictaduras que oprimen al ser humano y que lo expone a exhibir de forma pública sus carencias y degradación de su dignidad.

EL JAYA estima oportuno proponer a los tecnócratas y diseñadores de currículos que apliquen criterios de medición de aprendizaje en base a dominios de competencias, habilidades y destrezas; no sólo en objetivos por contenidos.

Pensemos que las edades más tiernas son las más fértiles para los aprendizajes que implican la memoria y el desarrollo de habilidades motoras. Estas edades son las más apropiadas para interiorizar los mejores hábitos de disciplina e iniciar la templanza de carácter del ser humano.

Observemos que por haber comenzado a practicar y a jugar en la infancia o en edades tempranas béisbol, fútbol, baloncesto u otras disciplinas, ponemos gran empeño, pasión y amor a nuestro deporte favorito hasta convertirnos en excelentes atletas o fanáticos muy fiebrudos.

Igual sucederá con cualesquiera otras actividades en las cuales nos involucremos desde edades tiernas en jornadas o labores productivas. Es decir, también en estas podemos desplegar iguales energías, entusiasmos y pasiones como en las deportivas o lúdicas asumiendo como vicio la que a fin de cuentas será nuestro oficio.

Con la reflexión editorial anterior titulada Los beneficios de aprende un oficio, con esta entrega y muchas otras, EL JAYA aportará ideas que acerquen a los lectores a valorar que con educación, como actividad programada, con un enfoque tendente a convertir al alumnos en sujetos, no en objetos; podemos mejorar hasta erradicar temas que ahora nos agobian como colectivo social.

Hambre, pobreza, desempleo, adicciones, violencia; todas las falencias y aberraciones que hoy flagelan a la sociedad se corrigen con educación activa y creadora.

La magia de la educación consiste en transformar al hombre para mejor, creándole además necesidades secundarias y culturales que lo diferencian de aquellos seres que sólo satisfacen las primarias de reproducirse, comer y beber propias de todos los animales.

(*) Se llama simbólica la educación que imparte la escuela tradicional a través de signos y símbolos.

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