Juan Fermín Castillo
La familia: primera formadora de buenos lectores

Me apasionó leer un libro de Felipe Garrido titulado El buen lector se hacer, no nace. El mismo es a la vez una reflexión sobre la lectura y pautas, desde su experiencia, para formación de lectores. Binomio que en la sociedad dominicana, constatado en los ultimos estudios nacionales e internacionales, ha ido menguando.

El título per se contiene muchas implicaciones. Nos sugiere que una persona para llegar a ser lector requiere del ejercicio sistemático de esa actividad, que es un conocimiento aprendido que requiere de adiestramiento, que hay categorías de lectores y que los buenos lo son porque se han entrenado en el oficio, entre otras.

No voy a detenerme en la sencillez, claridad y puntualidad del libro o la celeridad con que se puede leer o aquellos aspectos de análisis del discurso, estudios lingüísticos o quizás en los componentes paratextuales que le hacen falta. Comparto con ustedes, queridos lectores, dos ideas que expresa el autor y que cito en dos párrafos.

La primera la expone cuando arguye que:

“No basta con alfabetizar a una persona. Después de haberla alfabetizado es preciso formarla como lector; acostumbrarla a leer. A leer en serio, obras cada vez más importantes, de cualquier índole y además obras literarias. No simplemente libros de consulta, historietas ni novelitas corrientes, porque esa lectura es demasiado sencilla; exige muy poco del lector, no lo ejercita en el manejo del lenguaje, que se traduce en el manejo de las ideas, de los sentimientos y las emociones. Y ese uso del lenguaje es necesario no sólo para leer poesía y grandes novelas o cuentos, sino para resolver los problemas en otros campos, como la política, las finanzas, la medicina, la ingeniería... a final de cuentas, puede contribuir a mejorar cualquier actividad” (Garrido s/n, p. 18).

Sin duda expone una realidad de su contexto, sin embargo, ella es extrapolaria. Aplica a nosotros como sociedad y como agentes de un sistema educativo que procura egresados críticos, capaces de construir sus propios aprendizajes, buenos ciudadanos e individuos empoderados de las problemáticas sociales y comprometidos con las soluciones. La realidad es que sin buenos lectores el ideal es inasible. Y el problema nos golpea de bruces.

Los buenos lectores cada vez son menos, son menos cada día los adolescentes y jóvenes que leen como actividad cognitiva, por placer o por cultura. Es muy común ver en el ámbito educativo que los alumnos solo leen textos que se les asigna como requisito para aprobar una asignatura, fuera de esto la lectura es nula.

La literatura sufre la peor parte. Nadie quiere leer esos libros tan viejos con historias a veces complicadas y con un lenguaje muy sofisticado. ¡Claro! A causa de mi pobre léxico y por la vaguedad de no buscar en el diccionario. Ojo, libros viejos con lenguaje sofisticado.

Lo que se quiere leer son libritos, que como dice el autor, que exigen poco del lector y no lo ayuda ni siquiera a ejercitarse en un buen manejo del lenguaje. Y no hablar de la criticidad. Todo esto ayudado primero, por un currículo que ha ido dejando de lado las humanidades; segundo, y no en pocos casos, acompañado de maestros que carecen de las estrategias y destrezas necesarias para la enseñanza y promoción de la lectura literaria.

La simplicidad, superficialidad, desinterés, desvalorización y desconocimiento de lo literario está a la orden del día. Es necesario un nuevo renacer que incluya nuevos enfoques con presentación atractivas para las nuevas generaciones.

La segunda idea que comparto de este autor, la expresa cuando escribe:

“Cada vez veo trabajar a estos promotores recuerdo a doña Guadalupe, mi abuela materna: sentada en una silla, a la puerta de su casa, en Torreón, se ponía un libro en las rodillas y nos leía cuentos de príncipes y hadas. Los muchos nietos formábamos un corro silencioso al que se sumaban algunos vecinos.

Cuando el tiempo le apagó la vista, doña Guadalupe nos los contaba de memoria, mezclados con sus aventuras en los días terribles de la revolución —contar es tan importante como leer—. Mi abuela no había leído una línea de Goodman ni de Elkind ni de Hidalgo Guzmán. Mi abuela jamás nos puso a jugar. Sencillamente nos contaba o nos leía historias chuscas, terroríficas, maravillosas. Sencillamente nos enseñó a amar la lectura, puso su parte para que aprendiéramos a leer” (Garrido s/n, p. 73).

Después de leer este párrafo, es innecesario decir que el problema de la lectura hoy día tiene al menos uno de sus tentáculos en la familia, como mucho de los problemas sociales que nos aquejan. La experiencia personal que nos cuenta Felipe Garrido deja bien claro que su formación lectora viene de su familia, específicamente de su abuela. Esas horas que la abuela dedicaba a leerle y contarle historias fue la base y el empuje para que llegara a brotar el amor por la lectura. Sin haber mucho detalles de doña Guadalupe, puedo inquirir que fue una gran promotora y cultivadora de la lectura, y quizás sin ella saberlo, pues no solo le leía a sus nietos, sino que sembraba la semilla del saber en aquellos niños de su vecindad que ávidos iban en las tardes a escuchar las historias de doña Guadalupe. Sin tener el dato me atrevo a decir que muchos de ellos hoy son buenos lectores.

La abuela no era una experta literaria, pero supo asumir el compromiso de educar y formar a los suyos con algo que parece simple, la lectura de cuentos infantiles. Sin tener pedagogía supo impregnar en los corazones de sus nietos y vecinos el valor de la lectura autotélica. No pretendo hacer una apología de doña Guadalupe, pero sí quiero dejar claro el papel que juega la familia en la educación y formación de una persona.

En los momentos actuales, la familia es el eslabón perdido en la cadena educativa. El compromiso que deben asumir lo han transmutado a los maestros y entienden que el aprendizaje del niño solo es responsabilidad del maestro. Muchos creen que si el niño no quiere estudiar el maestro debe cambiar de estrategia y así exponen una sarta de recomendaciones que hablan más del desinterés que tienen algunos padres que la preocupación real de que el niño aprenda o desarrolle el hábito por la lectura.

Son muchas las acciones concretas que pueden y deben hacer los padres, madres o tutores para fomentar el amor por la lectura a los hijos:

• Comience por el ejemplo de doña Guadalupe, dedicando un momento diario a leer con su hijo.
• Lea usted, fórmese también, de manera que su hijo lo vea como algo habitual.
• Elabórele horario de estudio y supervíselo.
• Cuéntele historias suyas, o de personalidades de la historia universal o nacional (Para esto último tiene usted que leer).
• Regálele libros para fechas especiales (acorde a su edad) como el día de reyes, así deja el metamensaje de que leer es divertido.
• Haga que su hijo le cuente historias, así lo motivará a que se la aprenda.
• Organice una biblioteca familiar donde sus hijos puedan leer y estudiar.
• Realice excursiones a bibliotecas, librerías o ferias con ellos.
• Pregúntele, ¿qué leyeron hoy en clase?
• Lea el periódico con él.

Las familias pueden emplear estas y otras estrategias con los más pequeños a fin de ir inculcando la pasión por la lectura. Refiero el libro de Beatriz Actis titulado Lecturas, familias y escuelas, es una guía de estrategias y metodologías para padres y maestros que pueden ayudar en cómo trabajar la promoción de la lectura en la escuela y el hogar. Para solucionar el escollo que representa el bajo nivel de lectura y su comprensión hay que entramar todos los estamentos sociales y asirlo a la solución. La familia no se puede quedar. El problema no se lo podemos dejar solo al sistema, o al maestro o la sociedad. Comience la solución en la casa, continuaremos en la escuela.

El Autor es docente. Se ha Licenciado en filosofía y cursa maestría en Lingüística aplicada a la enseñanza del español en la UASD.

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