Sulami García de la Cruz
El complejo de inferioridad lingüística como producto de la discriminación social

La sociedad es heterogénea. La misma está integrada por sujetos con hábitos e ideas disímiles.

La lengua, como producto social, es el reflejo de dicha heterogeneidad. Por tal razón, se manifiesta con cierta variabilidad en los diferentes grupos sociales y geográficos, evidenciando en sus usuarios patrones culturales particulares.

Es por ello que dicho fenómeno se constituye en un sistema dinámico y diverso.

No obstante, la escasa valoración de la lengua como parte de la identidad cultural, así como la acción estratégica de los grupos dominantes ha hecho destacable el tema del complejo de inferioridad lingüística.

El complejo de inferioridad lingüística puede definirse como la inseguridad de un hablante de manifestar las singularidades de su lengua por considerarlas menos prestigiosas en relación a otras.

Este problema, sin duda, tiene su génesis en la lucha de clases sociales.

Es el reflejo de la discriminación a la que han estado sometidas las colectividades menos favorecidas.

Los grupos que ostentan el poder imponen sus patrones culturales y lingüísticos como prototipos que deben ser acatados de forma generalizada.

Es así como surge el prestigio de determinada conducta lingüística en detrimento de otra considerada inferior.

La presión resultante de la antítesis prestigio-inferioridad y el temor a las estigmatizaciones incita a algunos hablantes a rechazar las particularidades lingüísticas propias para adoptar las formas consideradas correctas.

Con ello, quedan ignoradas las condiciones que condicionan la apropiación de la lengua, tomándose el riesgo de incurrir en errores como la ultracorrección.

Así mismo, dichos hablantes dejan relegada su propia identidad, pues como explica Trigo (1993) ¨el lenguaje es una parte de la cultura o una de esas actitudes o hábitos que recibimos de la tradición externa¨.

En la persistencia y fortalecimiento de la coyuntura descrita, las lenguas en contacto y los préstamos léxicos juegan un papel preponderante.

González (1987) explica la situación con el idioma inglés que por razones de carácter político y económico se ha introducido en las comunidades de habla hispana colocándose como una lengua de prestigio.

Cada vez es más frecuente su empleo en afiches, slogans y productos hispanos, empleo que se convierte en un orgullo para quienes creen en la superioridad de la referida lengua.

Mucha de esta actitud se sustenta en la creencia de que el extranjero impone las normas.

Alba (2004) advierte esta situación el contexto específico de la República Dominicana cuando expresa que ¨es mantenido incluso por personas de alto nivel intelectual la creencia de que lo extranjero es superior a lo nativo¨.

Ante este estado de cosas, es válido cuestionar ¿sobre cuáles criterios es posible considerar una lengua como mejor?

De acuerdo con Escobar (citado por González, 1987) ¨es insostenible postular que una lengua sea superior a otra, pues nada hay de inherente a la estructura del lenguaje que permita decir que una estructura es superior ¨.

En ese sentido, es preciso reconocer que cada lengua es valiosa mientras cumpla con su función que es la comunicación de sus usuarios.

Sin embargo, la lucha trasciende la confrontación entre lenguas, pues dentro de un mismo código es posible notar rivalidades.

Tal es el caso del uso oral y el escrito, pues muchos suelen otorgar la primacía a este último.

Empero, si bien hay que reconocer que la expresión escrita requiere de mayor inversión de energía, pues está desprovista de los elementos extralingüísticos de los que si goza la comunicación oral, el papel principal de la lengua hablada no debe ser negado.

En ese sentido Quilis (1979) afirma que ¨el lenguaje es ante todo un fenómeno oral¨.

La raíz de estos problemas que pululan alrededor del uso de la lengua se halla en algunos errores residuos procedentes de la gramática tradicional, caracterizada por ser esencialmente normativa.

Es por ello que, con miras a extinguir estas erratas, se hace necesario la aplicación de políticas educativas actuales apegadas a nuestra realidad.

Las mismas deben estar encaminadas a valorar el papel de la lengua como promotor la identidad de sus usuarios.

En la consecución de esta empresa, el fomento de la competencia sociolingüística debe ser un objetivo esencial, pues mediante esta es posible la creación de conciencia sobre diversidad lingüística.

Así mismo, debe sustituirse la creencia de la superioridad de ciertos usos lingüísticos por la convicción de que toda lengua es adecuada en la medida en que permita a sus hablantes comunicarse de manera eficaz.

En suma, las circunstancias que permean la apropiación y el uso de la lengua no deben quedar ignoradas.

Las mismas son distintas para cada comunidad lingüística e indispensable para el manejo efectivo de dichos códigos.

Solo mediante el reconocimiento de esta realidad, podrá extinguirse esa inseguridad que impera en algunos hablantes y que amenaza con su abstención de participar en la actividad comunicativa.

Es decir, podrá resaltarse sin temores la función primordial de la lengua, la comunicativa.

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