Rosa Candida Marte, tía Candita
Carta a tía Candita: enseñanzas y reflexiones al cumplir un año su partida a morar al lado de Dios Padre

Apreciada tía mamá Candita: El viernes 8 de febrero de 2019 se cumple el primer año de su partida a morar al lado de Dios Padre.

A mis 65 años de edad no olvido sus empeños por mandarme limpio y temprano a la escuela, con el consejo “apúrate Nano para que seas útil a la sociedad”.

Por lo que lograron de mi sé que mi madre Agustina Esmeralda (Nereyda), usted y la abuelita Julia formaron un amoroso e inolvidable equipo cuyo guión -no escrito- con el cual cuidaban de mi le funcionó muy bien.

La suya fue una atención muy especial para mi, puedo afirmar que fui el hijo varón que usted quiso tener. Su esmero por mi higiene personal y sus consejos “estudia Nano para que llegues a ser alguien útil en la sociedad, moldearon mi comportamiento”.

Sus palabras de forma agradable tintinean en mi mente y las he tomado como líneas básicas del discurso con el cual motivo a otras personas para que también estudien y lleguen a ser alguien en la sociedad. Además doy ejemplos y ofrezco apoyos.

José Martí escribió que “cuando una persona buena muere el llanto no debe ser de dolor, porque hojas de rosas han de cubrir las heridas que en las manos y en los pies hizo la vida al muerto”.

Como simple mortal de la especie bípeda implume que Platón describió que camina sobre dos piernas y no tiene plumas, sé que la vida del ser humano en la Tierra es de muy breve permanencia sin importar que la viva un mes o más de un siglo, yo tengo que agradecer al Divino Creador haberme dado un familiar de su elevada calidad humana que cuidó de mi.

Gracias pues a Dios Padre que nos dejó disfrutarla 76 años en cercanía física y porque desde el 8 de febrero de 2018 cuando hizo mudanza a su inmarcesible territorio donde ya cumple otras misiones que serán tan fecundas como las que completó aquí.

Ahora usted está alojada en nuestras memorias como viva invisible sin límites de espacio ni de tiempo.

Recuerdo que cuando por tamaño y edad alcancé la posibilidad de razonar, comenzó a hablarme de la importancia de estudiar para que pudiera ser útil a la sociedad.  Me decía yo podría enseñar a otros no corrigiéndoles, sino haciendo bien las cosas desde la primera vez para que hagan bien las suyas con solo verte.

“Se educa con ejemplos, una buena instrucción es la enseñanza modelada, que tú seas el modelo de lo que haces o predicas ya que no tienes que hablar mucho a quien aprende de ti”, me repetía tía.

“Nano, una persona que estudia puede vivir de manera decente y digna. La persona digna es aquella que siempre está dispuesta a extender la mano para dar a otros, pero a la vez la encoge para no recibir nada de nadie, porque le avergüenza pedir y nunca querrá ser carga ni siquiera de sus hijos”, era parte de su prédica para mí.

También me relató numerosas historias (no cuentos) como aquella de un señor llamado Antonio Almonte a quien apodaban don Toñito. Era un hombre muy rico, dueño de fincas y ganado que vivía en un campo cercano. Se hizo famoso por ser tacaño, pues tomaba prestadas cajas de fósforos a sus trabajadores y a cualquier persona para encender su cachimbo, pero  no las devolvía; le ponía conversación hasta que se le olvidaba entregarla a quien se la facilitó.

Don Toñito murió de repente, sin hacer gravedad. Cuando sus familiares y vecinos de confianza entraron a su habitación para preparar el cadaver hallaron árganas, sacos y fundas de cemento, llenas de morocotas que eran las monedas de uso en las transacciones comerciales de aquellos tiempos.

“Tú sabes Nano lo que le pasó a Toñito? Su espíritu quedó en pena haciendo asomos, cuidando su fortuna, a personas que no eran sus amigos ni conocía les dijo los lugares donde también tenía botijas enterradas. Su espíritu, su alma no tuvo tranquilidad hasta que pudo deshacerse de la inmensa fortuna material que había acumulado”, me narró tía Candita.

Los relatos que me hacía los complementaba con una enseñanza moral. Tengo vivo en mi memoria como si hubiese sido ayer los comentarios que de este caso escuché de ella.

“Hay un refrán que dice haz el bien sin mirar a quién. En realidad uno no sabe de quien va a necesitar un favor, porque dice otro refrán que marineros somos y en el mar andamos, lo que significa que uno es un  dueño provisional de las cosas, ya que siempre habrá personas que desean lo que no necesitamos, entonces regalemoslo”.

Decía que “una persona que no haya estudiado podría  adorar las cosas materiales como si se las fuera a llevar al otro mundo. Y no es así, nunca nadie ha visto que lleven una caja fuerte en un entierro. A este mundo venimos sin nada y de él nos vamos con las manos vacías dejándolo todo”.

Otro día tía Candita me dijo “mira Nano tu abuelo Sixto Cruz Henríquez antes de morir fue dueño de fincas y vacas aquí en El Estrecho y en La Peña, pero no se llevó nada; a fin de cuentas él no hizo más que administrar bien esas propiedades que recibieron sus hijos como herencia”.

Agregó que “con frecuencia salen noticias de casos de familias que se pelean por alguna herencia de sus padres y uno piensa si es que no recuerdan que la morada eterna que le asignan al que fallece es de apenas siete pies. Esos pleitos los arman personas  que discuten de manera acolorada, se ofenden y acaban agrediéndose en palabras y fisicamente”.

Rosa Candida Marte, tía Candita

Cuando ya yo despuntaba con aptitud para periodista le preguntaba de muchos temas. Siempre me narraba hechos verídicos y hacía comentarios que inevitablemente me conducían a reflexionar.

En una conversación me ilustró con la siguiente historia: Don Pablo Manuel Díaz fue tronco de la conocida familia de Díaz Salazar de los Pilones, del municipio de Jánico De Santiago, de donde era mamá Julia.

Don Pablo fue un hombre muy trabajador, tenía almacén y un Jeep Land Rover con cual transportaba personas que iban desde esa comunidad y otras aledañas a Santiago y viceversa.

Su hijo mayor Pedro Luis recibió esmerada educación porque su padre quería que estudiara medicina, ingeniería, o lo que quisiera, por lo que nunca iba almacén ni sintió la necesidad de ayudar a su padre en nada. Don Pablo por su trabajo de chofer iba de tardecita al almacén para recibir las operaciones del negocio durante el día.

Como no se sintió comprometido con los negocios de la familia, Pedro Luis llegó a pensar que su papá, su madre María Josefina y empleados trabajaban para él.

Era un joven de buen gusto en el vestir, tenía muchos amigos a los cuales pagaba cuentas y lleva una vida envidiablemente confortable.

Llegaron los años de don Pablo afrontar problemas de salud, de ver disminuir su capacidad de trabajo, pero Pedro Luis no lograba terminar sus estudios universitarios ni se entrenó para manejar las empresas de su padre.

Como buen galán enamorado, a Pedro Luis comenzaron a nacerle hasta dos hijos en una noche y otros nacimientos con diferencias de semanas y de meses.

Después de narrarme esta historia tía Candida me explicó “esa situación la resume el refrán : abuelo bodeguero, hijo caballero, nieto pordiosero”.

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