Dr. Amado José Rosa
Abogado…nada más

Corría el año 1979 cuando llegue a la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la UASD, el ambiente político, aun cuando quedaban algunas tensiones de la época de los doce años, era más distendido.

Para ese momento el Presidente Antonio Guzmán ganaba el mote de "Mano de Piedra" por su actuación frente a generales de la Policía que se negaron a acatar una decisión de remoción dictada por el ejecutivo.

Venia del Curne, del Colegio Universitario y no estaba seguro de la decisión tomada de estudiar derecho.

Resulta que durante mucho tiempo me condicioné para estudiar ingeniería, algo que dista mucho de mi facilidad para las ciencias sociales, pero, en fin, mi cercanía con la construcción a través de mi papa Ramón García, era mucha. Recuerdo que cuando recibí el resultado del test de aptitudes que impartía el Departamento de Orientación de la UASD, me deprimí cuando vi: Ciencias Sociales, Periodismo, Derecho.

¡Me pareció inverosímil y que todo esto era un fraude, que no podía ser cierto, yo quiero ser ingeniero!

Mi papá, que ha sido siempre un hombre enjundioso, práctico, con un pensamiento preclaro que ve más allá de sus narices, cuando vio el volante con el resultado de mi evaluación, me miro, aun sosteniendo el papel en su mano derecha y solo atinó a decirme “pero los abogados pican bien”.

Esa expresión de madurez y enjundia que, como premio de consolación, buscaba aplacar mi desazón, tampoco me convenció.

Llegue a la Capital en un carro público de los que todavía viajaban y llevaban la gente a domicilio, mi destino era la casa de mi tía Rosa.

Allí desmonte una vieja maleta que contenía mis pertenencias y mis aprensiones por todo lo que estaba sucediendo. No estudiaría lo que me gustaba, me alejaba del hogar materno, de mi entorno, dejaba atrás la cacería, amigos entrañables y esa forma de vida de hombre libre que me había dado, saltando charcos y levantando el polvo de la carretera en mi Honda XL100, tierra en los ojos, lluvia en la cabeza y escazas preocupaciones, quedaban atrás, ahora tendría que ver la vida desde otra óptica y eso, siempre preocupa.

La UASD me pareció enorme, impresionante aquel campus con grandes edificios, áreas verdes, una febril actividad política e intelectual, una afluencia enorme de hermosas chicas que, como decía mi amigo Thomas Guillermo+ “de aquí nos sacaran con cuellos ortopédicos”, no dejaban de torturar con su hermosura a pobres campesinos con “hojas” todavía en la cabeza.

Para mí no dejaba de ser una aventura poder viajar en una “guagua” desde la hoy Avenida Alma Mater, hasta la San Vicente de Paul, travesía que cortaba la capital de Sur a Norte, en un promedio de dos horas, pues mi parada estaba poco antes de llegar al lugar de control de la ruta en Mendoza.

Cuando llegaba a mi destino, Alma Rosa II, prácticamente un área desolada, con pocas viviendas, un solo colmado y solares yermos o con estructura en construcción, la soledad de aquel lugar se apoderaba de mi, los recuerdos del parque Duarte y su caminata en círculos, los amigos, el cine, el café en la Barra.

El Polo o el helado hacían mis noches mas nostálgicas, pero había que seguir.

Tuve que inscribir una Física 012 que impartían en Ruinas Nuevas, se trataba de un edificio a medio construir que permaneció en ese estado por años, pero la carencia de espacio en la UASD, hizo que se utilizara con toda las precariedades que aquello implicaba, el calor de la una de la tarde y la cantidad de estudiante que estábamos allí era insoportable, pero yo había ido a la capital a estudiar, a hacerme abogado.

La primera materia que recibí del pensun de mi carrera fue, por supuesto, “Introduccion al Derecho”, la impartía el Dr. José Joaquín Bidó Medina quien llegó puntual al aula, a su hora, lo cual haría durante todo el semestre, era un hombre afable, pero recto en su comportamiento y exigía rectitud de sus alumnos, era alto de una estatura impresionante y llegaba siempre con una sonrisa a flor de piel y formalmente ataviado.

Arrastraba ligeramente la lengua lo que daba a sus palabras un aire de mayor afabilidad y distensión.

Su primera frase, después del saludo, fue “Mis queridos alumnos” y luego comenzó una charla magistral de dos horas sin detenerse ni siquiera a tomar un poco de agua.

Comenzó hablándonos de la aparición del derecho, desde las tribus y clanes, sin olvidarse del talión y la composición, fue bajando de las estepas mongólicas y tomando mas al sur hasta los romanos y su eterno enfrentamiento con “los bárbaros”, esos barbaros que acabaron, con estrategias rudimentarias con el ejercito de Quintiliano Baro, aquel general Romano que acabo en una emboscada de los Germanos diezmando el ejercito mas grande del mundo a solo un 10% , y hablo de Esparta y Atenas, de la Inquisición y su aborrecimiento por la ciencia, lo que le gano el mote de “oscurantismo”.

Volvió a Pericles y el Siglo de Las Luces para compararlo con la edad moderna hasta airear aquella famosa polémica acerca de si el derecho era ciencia o era solo técnica o si en realidad era arte.

Von Kirchmann, abanderado de la condición de técnica no de ciencia del derecho, justificaba su planteamiento con el argumento de “las flores crecen y los pájaros cantan desde los tiempos de Plinio, pero una decisión del legislador convierte en basura bibliotecas enteras”, hasta que se descanto por la decisión práctica de los franceses que llamaron ecléctica, “el derecho es ciencia mientras se estudian en las aulas, fuera de ahí es técnica”.

Con ese planteamiento permaneció un buen rato desentrañando sus verdades y mentiras, hasta que doblo la esquina de la pura filosofía y nos indujo a abrevar en los conocimientos de Immanuel Kant.

“Crítica de la razón Pura”, su obra cumbre fue la elegida por aquel hombre que a cada palabra que emitía, se hacia mas grande en mi consideración y mi conciencia.

Terminó su charla de ese día recorriendo los caminos de Renato Descartes, el “Cogito ergo sum” voló por el aula confundiendo a más de uno de los allí presentes y exigiendo con la expresión facial, una explicación convincente de aquello.

Se explayó en la explicación que solo el conocimiento puede hacerte entender qué eres, el deber ser únicamente se consigue tras el análisis, no hay manera de avanzar sin saber a ciencias ciertas que quieres, que eres, que desea, pienso luego existo.

El ser que consigue y se concibe con el análisis.

Así concluyó una maratónica intervención que dejo a más de uno confundido y otros extasiados sabiendo que la perspectivas que teníamos, era seguir abrevando en aquella fuente de información, sabiduría y erudición.

José Joaquín Bidó Medina, se despidió con una amplia sonrisa y un buenas tardes que poco contestaron—la gran mayoría estábamos todavía intentando asimilar todo aquello—y dirigió su enorme humanidad a la puerta de salida, hasta perderse en los pasillos del viejo edificio del Colegio Calazans donde se ubicaba la facultad de derecho de la UASD.

En ese preciso instante comprendí que el Departamento de Orientación del CURNE, no se había equivocado: yo era medularmente abogado!

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