José Mercedes Jáquez Polanco
La revolución desde las aulas: la grandeza de ser docentes

La docencia supera una simple función u oficio para convertirse en misión que se disfruta y se vive, que satisface. No solo es profesión, es sobre todo pasión que se debe abordar con respeto y dedicación, demandando un gran compromiso por el apasionado.

Desafortunadamente, esto que debiera ser el calificativo común para todos aquellos que persiguen la vocación, parecería escasear en algunos, forjándose, como resultante, personas que atentan contra la grandeza de esta profesión.

Mal llamados docentes, mendigos salariales, comerciantes de la enseñanza, jornaleros ambulantes que de manera egoísta se convierten en asesinos de lo que pudiera ser una sociedad justa y bien formada; los que extasiados por el aparente rol de autoridad y el el prestigio que les confiere la profesión se empapan de jerarquización en lugar de involucrarse en el universo del estudiante con la dedicación que conlleva. Penosamente, estos son casos que cada vez se presentan de forma más recurrente, y se evidencia en los mismos estudiantes y en su desarrollo de aprendizaje.

En contraste a estos desalentadores de la profesión, ventajosamente aquellos a quienes sí les es legítima la vocación, su calidad los hace un número lo suficientemente cualificado como para desafiar a muchos a formar una mayoría.

Estos son los docentes comprometidos no solo con su misión docente, sino también con la sociedad, a estos les importa una auténtica Revolución Educativa que debe originarse en las aulas y no en los Medios de Comunicación y supere el culto a la personalidad, propio de quienes quieren hacerse graciosos a como dé lugar.

Esta será posible cuando el Estado cumpla su misión, pero además cuando el maestro, desde las aulas, perciba que su misión no es egoísta y ejerza la labor docente, más que desde el escritorio, desde el educando descubriendo no solo el tipo de maestro que es, sino el que necesitan sus alumnos.

Me permito sugerir algunos elementos vitales en un buen profesor, que favorecen la auténtica revolución desde las aulas aludidos ya por otros.

Motivación y empatía. El maestro debe entenderse un influencer y asumir que el contenido es importante si hacemos que sea importante. Pedro Sáenz-López, catedrático de la Universidad de Huelva, señalará que “es más imprescindible la motivación del docente que la del alumno”, de modo que es un generador de emociones.

Un docente sonriente y apasionado tiene más probabilidad de crear alumnos sonrientes y apasionados. Y todo lo contrario: si es aburrido o no le gusta lo que hace, difícilmente despierte algo útil en sus estudiantes.

Es un creativo e innovador, de esta manera despierta creatividad, saca de la zona de confort a sus alumnos y confía en que se llega a lo nuevo a partir de lo ya conocido, comprendiendo la misión de ser guía para no perder la capacidad del asombro.

Valora el esfuerzo. Reconoce que no es educación el condenar, desaprobar, humillar, sino enseñar a no temer la equivocación y aprender siempre. Debe convierte en un animador para alcanzar las metas.

Emociona. La neuroeducación, que es la aplicación de la neurociencia en el ámbito de las aulas, dice que el gran cambio está en las emociones. Si el maestro se emociona podrá emocionar a sus alumnos. Es imposible enseñar si un alumno no quiere aprender, por lo tanto ser docente más que soltar lo que se sabe, es conseguir que los alumnos quieran aprender.

Invierte tiempo en su formación profesional. No es un improvisado, lee, investiga para llevar conocimientos al aula, logrando conquistar la admiración de sus alumnos, que es una herramienta fundamental para lograr el respeto y la disciplina en el aula.

Educa en valores. La gran misión es enseñar a ser personas, para que el individuo pueda hacer, tener, convivir y estar bien; ciertamente, somos por nuestros valores.

Busca formar ciudadanos. Personas no sólo con habilidades laborales, sino capaces de entender la sociedad, una educación orientada al razonamiento. Fernando Savater afirmará “que educar para formar ciudadanos significa también formar gobernantes, pues todos los ciudadanos son gobernantes aunque deleguen en sus representantes ese poder de gobernar”.

Así las cosas, correspondería al Estado una parte esencial, pues los excelentes resultados que ofrece el sistema educativo de otros países son fruto de una firme apuesta por la docencia, por la calidad, por atraer a los mejores profesionales a la enseñanza, por ofrecerles una formación continua y convertirlos en el centro de la política educativa.

En definitiva, el docente apasionado enseña desde el corazón, no es un comerciante de la enseñanza, para conquistar un débil prestigio social o en la espera exclusiva de un salario, es un constructor de la sociedad de bienestar.

Si se asume que ser profesor es un oficio, prefiero la tarea de ser maestro, ser docente, que es una pasión. Y esto es un reto para los aspirantes a ejercer esta profesión quienes, más que en generaciones anteriores, han de ser conscientes de lo complejo, pero igualmente gratificante de esta misión cuando se disfruta, se vive con pasión y nos compromete, sin dejar de cultivar habilidades tan fundamentales como la capacidad de análisis y pensamiento crítico y formándonos para el cambio permanente en un mundo con grandes incertidumbres.

Estoy seguro que con la integración de jóvenes con capacidad sobrada a la carrera docente; jóvenes que cultiven su intelecto, que amen la vida, en su relación consigo mismo, con los demás, con la naturaleza y con Dios; asumiendo todos el rol protagónico y apasionado del docente, será posible hacer la revolución desde las aulas.

El autor es filósofo, docente y comunicador. (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. @josenoesis)

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