Félix Paulino
El hombre sigue siendo el mismo de 2000 años atrás

¡Desgraciados de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Porque sois como blanco sepulcro, cuyo exterior aparece soberbio, pero cuyo interior está lleno de osamentas humanas y podredumbre.

De igual modo vosotros, exteriormente parecéis justos entre los hombres, y por dentro no sois más que hipocresía e inequidad.

Hace poco más de dos mil años de la existencia de esa máxima lapidaria, pronunciada como sentencia por Cristo en su peregrinar por la tierra, hoy en día aún tiene el mismo valor y vigencia que en aquellos tiempos, y es que el ser humano sigue siendo el mismo. Solo ha cambiado en él la aplicación de los métodos y las circunstancias.

En aquellos tiempos, me refiero a la época antigua (Imperio Romano) y luego en la Edad Media (Santa Inquisición), se invocaba el nombre de Dios y la verdadera creencia en él, para matar a los hombres, torturarlos, quemarlos vivos y asesinarlos en masas. Hoy con métodos diferentes a aquellos, desde la altura de nuestra conciencia y nuestra soberbia hay entre nosotros muchos hombres como aquellos. La única diferencia es que en tiempos pasados esos crímenes se cometían en nombre de Dios y por su causa, mientras que hoy, aquellos de nuestros contemporáneos que obran de tal modo, lo hacen en nombre del “pueblo” o este como instrumento.

En la antigüedad algunos creían firmemente en tener la verdad absoluta, y en nombre de su verdad cometían los crímenes más atroces de aquellos tiempos, mientras que otros no buscaban más que el pretexto de servir a Dios, para hacer sus negocios en nombre suyo. En otros tiempos, los que se proclamaban a sí mismos servidores de Dios, hicieron mucho daño enseñando lo que llamaban la voluntad del Señor (véase la Santa Inquisición); hoy equivaldría a lo mismo en el nombre del pueblo y su “bienestar”.

Para unos y otros, me refiero a los del pasado como a los de ahora, Dios no es más que un estandarte; porque en realidad, no tienen nada en común con él, no le aman, no le conocen verdaderamente y no desean sinceramente conocerle. No son más que hipócritas y farsantes que se prevalecen de la ignorancia y los prejuicios de los pueblos. Estos actores declaran mal y pernicioso el modo de obrar de todos los que diferimos de opinión con respecto de ellos, y tratan de detener esta acción con métodos violentos, hasta llegar a cometer los crímenes más atroces que se pueda imaginar.

El hombre en su proceso evolutivo es muy poco lo que ha avanzado en término humanístico, sigue siendo el mismo ser egoísta, hipócrita y perverso que existió antes de la venida de Cristo.

Los hombres de hoy obran de igual forma: desconocen deliberadamente y con métodos más sutiles, las aspiraciones manifestadas por el pueblo, para imponerles programas ideados por ellos, que coartan su libertad y los derechos fundamentales adquiridos como conquista a través de los milenios.

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