La Escuela, la Familia y “esta juventud de hoy”: el desafío de la disciplina
La Escuela, la Familia y “esta juventud de hoy”: el desafío de la disciplina

"La juventud de hoy ama el lujo. Es mal educada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores y chismea mientras debería trabajar. Los jóvenes ya no se ponen de pie cuando los mayores entran al cuarto. Contradicen a sus padres, fanfarronean en la sociedad, devoran en la mesa los postres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros".

Este parecer sobre los “jóvenes de hoy” parece no sorprendernos y, probablemente, muchos la compartirían. Lo posiblemente sorprendente es que esta reflexión la hizo Sócrates (470-399 a.C.), hace ya casi 2,500 años; consecuentemente, es falso que el fenómeno de una "juventud indisciplinada e inmoral" sea algo nuevo.

Hay quienes llegan incluso a pensar que la sociedad necesita una juventud difícil, que haga desesperar a los adultos, de manera que la sociedad pueda realizar los cambios necesarios para adaptarse a realidades cambiantes.

Rafael Álvarez de los Santos, en su libro “La Sociedad de la Nada” señalará que, en cierto modo, esta postura incita a la pasividad, al cruzarnos de brazos y negarnos a la acción que exige nuestro compromiso con la excusa servil de que “en mi tiempo las cosas no eran así”. Con frecuencia, la juventud se toma de chivo expiatorio para acusarla de los males que la misma sociedad adulta, el sistema político y económico van creando y, negarnos así, a medir la productividad de nuestro trabajo y misión.

Ciertamente nuestra sociedad avanza vertiginosamente y, tal avance, implicará un impacto en nuestra manera de ver las cosas y en las mismas actitudes humanas, pero igualmente en las estrategias de trabajo, de compromiso y pasión para hacer frente a nuestra labor. Lamentablemente, pareciera ser muy natural que el ser humano, y lo testimonia hasta el Génesis bíblico, transfiera las propias culpas para no asumir responsabilidades. Así, lo común ha de ser que la familia eche la culpa a la escuela, esta a la familia y, en definitiva, nos cruzamos de brazos porque ya “no se puede”.

Familia y educación, una misma misión

Aunque es labor esencial de la familia, no debemos olvidar que educar en disciplina también es tarea del docente; tan importante como enseñar contenidos. Una misión común a formar buenos estudiantes, pero también buenos ciudadanos.

No obstante, se percibe actualmente que cumplir con este compromiso parece ser una misión casi imposible, por falta de apoyo del hogar, autoridades no comprometidas y leyes que limitan la aplicación de medidas correctivas a los niños, niñas y adolescentes.

Las medidas correctivas, muchas ya retrogradas y anquilosadas, han quedado atrás por temor o por conciencia: Si regaña al estudiante en clase, puede lesionar su dignidad; si lo saca del aula, le priva del derecho a la educación; si le suspende el recreo, violenta su derecho a la recreación; si lo toca, incurre en una agresión física; si lo relega al fondo del aula por su mala conducta, incurre en un maltrato psíquico; si lo hace escribir varias veces ‘debo portarme bien', lesiona su autoestima.

No obstante, aún nos quedan las mejores herramientas, pues la mejor disciplina viene de adentro, es la autodisciplina; la dificultad está en que familia y escuela se pongan de acuerdo.

El desafío pedagógico

Consabido es que la disciplina es necesaria para todo, la inteligencia sin disciplina no es suficiente para triunfar. Pero igualmente está claro que, normalmente, detrás de jóvenes disciplinados y capaces, hay padres meritorios y enfocados en su rol.

Conviene hacer distinción entre la disciplina de ayer, añorada por muchos, con la de hoy; coincidimos en que era insuficiente o hasta contradictoria para los fines educativos, hasta cierto punto solo fue una herramienta de dominación. Cierto es que el desarrollo del ser humano no supera la necesidad de ser mejores y las nuevas implicaciones éticas de este ser mejores o de tal desarrollo.

No debe sorprender que las palabras “disciplina” y “discípulo” compartan la misma raíz latina discere, vinculadas al aprendizaje. La búsqueda de estrategias a implementar en vías de la promoción de acciones que permitan una inserción más democrática y participativa de los estudiantes en el centro de estudios, con normas de comportamiento acordadas y negociadas por todos los actores, es uno de los imperativos actuales de la educación.

La psicología moderna nos propone hoy la Disciplina Positiva como herramienta interesante que nos ayude a ser docentes y padres competentes que promueva jóvenes capacitados y disciplinados y artífices de su propio destino, tomando en cuenta algunos criterios:

Motivación. Que nuestros jóvenes se sientan valorados y crean en sí mismos y en su capacidad de hacer lo correcto. Hacerles sentir que “te sientes muy orgulloso”, “trabajar con ustedes me hace feliz” va a favorecer una atmósfera más positiva; pero asumiendo que el éxito se alcanza poco a poco, primero detenerse en un logro, después en otro y, de este modo, lograr una inercia que les impulsará hacia delante.

No se trata de controlar: Se trata de enseñar, entrenar, construir habilidades y centrarse en las soluciones, siendo una disciplina constructiva, motivadora, útil, afectuosa y respetuosa, siendo padres y docentes afectivos y cariñosos, pero firmes. De este modo se respetan las necesidades del niño, pero también las del adulto. No es buscar culpables, ni hacerles sentir así, sino de enseñarles a aprender del error, desde la aceptación y comprensión del mismo.

Más hechos, menos palabras. Los niños y jóvenes dejan de escuchar a los padres y docentes porque hablan demasiado, casi siempre amenazas, lo que se convierte en un reto para ellos.

Buscar soluciones juntos. Se basa en la comunicación y en un modelo democrático para poner las reglas de forma consensuada. Implicando a los niños se logra que hagan suyas las normas, que las entiendan, y aumentamos su compromiso con las mismas. El niño aprende a ser resolutivo e independiente, es capaz de tomar sus propias decisiones.

Actuar en consecuencia. Cumplir lo que se ha dicho que se va hacer, al ser coherentes se reducen los conflictos con los niños y es una forma efectiva de que nuestros jóvenes escuchen y cooperen.

En definitiva, solo cuando se entienda que se hace necesario aceptar y comprender a nuestros jóvenes, escucharlos, confiar en sus capacidades, en su estilo, en sus grandezas, orientarlos, ser empáticos pero firmes, hacerles conscientes de los límites y fronteras, podremos formar jóvenes disciplinados, capaces de orientar su propia vida. Un excesivo amor, sin exigencias, forma hijos o alumnos dependientes e ineptos; una formación autoritaria, sin expresiones de amor, moldea jóvenes apáticos, temerosos y desconfiados; de ahí que debe encontrarse el equilibrio y alejarse de la excesiva autoridad y de la excesiva permisividad, ser firmes y amables al mismo tiempo.

Me estremece sospechar, que los estigmas de hoy, que fueron los de ayer, persistan dos mil quinientos años más. Me aterra la idea de que crucemos los brazos, perdamos la esperanza, asumamos que nada se puede hacer y que sigamos echando la culpa a “esta juventud de ahora”. Me horroriza que Familia y Escuela no asuman que son dos sistemas en comunión.

Volviendo a la frase del universal Sócrates y retrotrayéndola a nosotros y nuestros jóvenes de hoy, podemos concluir en que la educación y el imperativo ético no son asignaturas superadas de la humanidad, sino una tarea siempre nueva que nos desafía para saber acompañar el crecimiento, la evolución y continua superación del hombre y su condición humana siempre jaloneada por su condición existencial.

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El autor es filósofo, docente y comunicador. (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. @josenoesis).

 

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