Martín Paulino

A mi hijo Giovanni Enmanuel.

Yo veneraba a mi abuelo paterno, Francisco Paulino Herrera (Pancho). Era manso, sobrio, prudente y bondadoso en extremo, pero de carácter firme y recia personalidad. Nunca escuché de él un lenguaje desconsiderado contra alguna persona. Sabía administrar sus palabras, guardar silencio cuando lo consideraba oportuno y hablar solo lo necesario.

El abuelo era un hombre rural, un mediano cultivador de cacao. Su hermosa casa forrada de madera en forma de clavó doble era alberge de familiares, amigos y transeúntes que a veces iban en procura de un trozo de pan, de reposo, o de un pedazo de aventura. Entre aquellos visitantes recuerdo a un hombre que se llamaba Francisco, como mi abuelo, al que le habían colocado el mote de “El haragán”. Aquel señor llegaba con frecuencia a comer, a dormir y hablar, y eso a mi abuelo no le importaba y lo trataba como al más laborioso de los hombres. Recuerdo al otro Francisco, al que decían “El jaibero”, quien iba a pernoctar y a pescar jaibas en las noches muy oscuras, en las que se podía “alumbrar” a esos crustáceos, ya que en esas circunstancias de gran penumbra abandonaban sus cuevas, a veces inaccesibles para los pescadores durante el día, para reposar mansos e inocentes en lugares de fácil captura.

Recuerdo a un hombre de piel clara, pequeño y animoso, llamado Marino, pero todos le decíamos Marinito, por su reducida estatura física. Todos considerábamos a Marinito un hombre “sabio” porque había llegado de la capital, cargado de historias deslumbrantes acerca de películas sobre guerras, y de experiencias en prostíbulos que él supuestamente había administrado y de lo que decía sentir gran orgullo. Marino vivió en casa de mi abuelo como si fuese la suya, hasta el día en que regresó a la capital, donde mi hermano Abel y yo lo redescubrimos, muchos años después, administrando un flamante puesto de frituras en Gualey.

Esa tarde nuestro anfitrión nos trató como príncipes hambrientos; nos obsequió de forma abundante con variedades de carnes y víveres, mientras relataba con ojos casi llorosos su aprecio por mi abuelo y el agradecimiento que le profesaba debido a la generosidad que este le dispensó en su casa cuando él llegó huyendo de una “desgracia” que le había sucedido en la capital. Mi hermano y yo no volvimos a tener noticias de nuestro benefactor hasta el día en que, junto a los demás miembros de la familia, nos enteramos que “Marinito” había sido acuchillado en una riña capitalina.

Recuerdo a Juan “El Jabao”, quien vivía allá en los tiempos en que también residía Marinito. Para hacerse el gracioso, Juan quería rivalizar con Marino en eso de contarnos historias, pero su arte era pobre y sus referencias no me fascinaban de igual modo, tal vez porque pertenecían a un ámbito rural muy parecido al nuestro, mientras que los relatos del otro tenían para mí el encanto de estar enclavados en la capital de la república, una ciudad grande y mágica, la cual, me decían, poseía muchas luces por las noches y un mar enorme, entre otras maravillas. Aquellas historias me trasportaban a un gran mundo rebosante de lujos y placeres, inimaginables en nuestro ámbito topográfico.

Juan trabajaba pagado y servido de todo en casa de mi abuelo, a quien no le importaba que el advenedizo hiciera uso de algunas libras de cacao (siempre autorizadas) para jugar sus “numeritos” y comprar sus cigarrillos, no recuerdo si Cremas o Casino. Juan regresó al lugar de sus orígenes, y muchos años después nos invitó a mis hermanos y a mí a un pasadía en su casa, donde comimos y bebimos en abundancia y nos bañamos todo el día en un gran charco, al tiempo que él evocaba con agradable nostalgia la generosidad de mi abuelo, quien llevaba mucho tiempo de fallecido.

El autor es escritor, licenciado en derecho y critico literario.

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