Martín Paulino

2 de 2

La casa de don Pancho era habitada durante el día por un loco manso y mágico, quien respondía al simple nombre de Popo. Popo llegaba allá alrededor de las seis de la mañana. Era moreno y relativamente grueso. Siempre andaba descalzo. Recuerdo sus pies estropeados por la vida y los caminos, cuarteados como tierra sedienta, sus uñas horadadas por las niguas que, como pestes, habían inundado todo el lugar. Popo tenía una voz lenta y dulce, más grave que aguda, cargaba agua, cortaba y astillaba leña, “descorazonaba” cacao, majaba arroz y café, cortaba hierbas con el machete, al tiempo que cantaba, con voz que me parecía hermosísima, rancheras y baladas de Jorge Negrete, Miguel Aceves Mejía y Pedro Infante. Recuerdo: ya que te vas/no me des una disculpa de tu adiós/ Ya que te vas/ porque acabas de matar una ilusión/ No vuelvas más/ porque jamás tendrás mi calor/ porque solo tú has logrado traicionar/este gran amor.A parte del placer de comer en abundancia, pienso que a “Popo” lo que más le gustaba era fumar tabaco de andullo. Como tenía la comida asegurada, todo el dinero que ganaba lo invertía en tabaco. Recuerdo cuando armaba su pachuché y se tumbaba sobre un taburete a fumar apaciblemente. Muy raras veces lo vi agresivo, ni siquiera en los días en que andaba de boca en boca en El Alto que la luna estaba nueva y que Popo estaba de remate. Lo único que recuerdo era que en esas circunstancias le perdía el amor al trabajo y a la comida, pero fumaba mucho más. Solía andar como zombi por todas partes, sumido en unos monólogos solitarios que parecían agresivos, pero que entiendo no eran más que riñas entre sus circuitos mentales fuera de orden.

A pesar de sus maravillosos extravíos, nuestro hombre siempre tenía su cédula al día. Cada vez que se requería actualizar este documento para poder ejercer el derecho al sufragio, caminaba los muchos kilómetros que distaban desde su lugar de origen hasta el centro de cedulación. Cuando alguien le preguntaba que para qué hacía esos sacrificios, siempre sonreía y contestaba lo mismo, que lo hacía “para tener la cédula en condiciones de votar por Balaguer”. Y ante la pregunta de por qué por Balaguer, siempre contestaba: “Porque Balaguer me da vista y conocimiento”. No olvido que cuando se le preguntaba sobre Dios decía: “Él sabe su cosa”.

Después de su agotadora jornada de trabajo diaria, Popo regresaba, casi ya entrada la noche, a Buena Vista, que así se llamaba su lugar de procedencia, solo a dormir y a fumar, para al día siguiente, a eso de las seis de la mañana, estar de nuevo en sus faenas en casa del abuelo. Después que este murió, Popo siguió regresando, a pesar de que la casa poco a poco se iba quedando sola, y el trabajo escaseaba, y el trato no era tan amable como el que le dispensaba don Pancho.

Cuando muchos años después me llegó la noticia de que “Popo” había muerto, me embargó la pena de no haber vuelto a verlo en tantos años. También sentí sincero asombro porque me había hecho la idea de que los locos eran inmortales, y más mi querido e inolvidable “Popo”.

El autor es escritor, licenciado

en derecho y critico literario.

+ Leídas