El monstruo que devoró a “Wall Street”

Javier Castelblanco

Los Estados Unidos, el país desarrollado más poderoso del planeta, se tambalea al ver su economía en un estado precario. ¿Pero qué ha provocado el desplome de las entidades financieras del Imperio Americano? ¿Cómo se evaporan tantos miles de millones de dólares? Pues bien, empecemos por entender qué creó todo esto, quién lo inició y cuál era la motivación para crear y soltar una bestia indomable que se comería a Wall Street. 

En el año de 1994, un grupo de sofisticados y brillantes banqueros de Wall Street, pertenecientes a la firma JPM Morgan Chase, se reunieron por un fin de semana en un lujoso Resort en La Florida, para celebrar y jactarse de sus exuberantes logros a nivel profesional y corroborar que eran los amos del universo financiero. Aunque hubo derroche de lujos: paseos en yate, hermosas acompañantes, botellas de champaña de $1,000 dólares y toda la extravagancia inimaginable, lo más destacado de este fin de semana, fue la creación de una bestia que una década y media más tarde sería la ruina de la economía Norteamericana.

Estos prominentes banqueros estaban resueltos a descifrar la solución a una cuestión que es tan antigua como el sistema bancario en sí. ¿Cómo moderar el riego de pérdida al prestarle dinero a alguien? Para mediados de los 90s, en la cartera de JPM Chase había cerca de 50 mil millones de dólares en préstamos a gobiernos extranjeros y corporaciones. El Gobierno Federal de los Estados Unidos por ley, obligaba al banco a mantener en sus reservas una suma importante para respaldar esos préstamos en caso de incumplimiento de pago. ¿Pero y si se creara un sistema por el cual el banco pudiese garantizar el cumplimiento de los pagos, y de esta forma liberar ese capital que reposaba en sus reservas?

Pues bien, se diseñó un instrumento bancario que respaldaría la deuda en caso de incumplimiento. Así se estructuró: se creó una especie de póliza de seguro, en donde una compañía asumiría la perdida en caso de moratoria a cambio de unos pagos mensuales, o primas, hechos por el banco, en este caso JPM Chase. De esta manera, Chase podría contar ahora con todo ese capital, ya que la cartera estaba asegurada por un tercero.

A mediados de los años 90, Chase perfeccionó su manejo de tan complejo instrumento, contrató los servicios de profesionales altamente calificados recién egresados de las prestigiosas universidades Massachusetts Institute of Technology (MIT) y Cambridge en el campo de la matemática y la ciencia. Creando así un departamento especializado en el manejo, el acondicionamiento y la distribución de dicho instrumento entre clientes de gran envergadura; tales como, American International Group, Inc. (AIG), una vez la compañía aseguradora de más prestigio y poder en el mundo. El instrumento se convertiría en la fuente de rentabilidad más codiciada y estable en los mercados financieros, alcanzando una demanda inimaginable.

El señor Mark Brickell, quien fue alto ejecutivo de JPM Chase y progenitor de esta idea, ahora afirma que el haber participado en el proceso completo desde aquel fin de semana en la Florida, hasta la maduración del mismo, fue algo trascendental en la vida del sector financiero de los Estados Unidos. Brickell dice: “Cuando nos encontrábamos en la Florida durante ese fin de semana, todos los que participamos teníamos la sensación de que esto iba a ser algo muy importante y de magnitudes inmensas.”

Al igual que Robert Oppenheimer y su equipo de físicos nucleares por allá en los años 40 durante la creación de la energía nuclear, lo que conllevaría al ensamblaje de la bomba atómica, el señor Brickell y sus colegas nunca se imaginaron que habían creado un monstruo que acabaría con las principales entidades financieras del país, tales como: Merrill Lynch, Bear Stearns, Lehman Brothers, Citibank, Washington Mutual, y Wachovia entre muchas otras. Actualmente, la economía está caminado en una cuerda floja y el sector financiero, representado por “Wall Street,” está arruinado. Y no en mínima parte gracias a la bestia que crearon y dejaron suelta hace 14 años.

AIG, la compañía de seguros más grande del país, había asegurado más de 14 mil millones de dólares en este instrumento financiero, a cambio de primas mensuales pagadas por aquellas entidades financieras con JPM entre otras. Para la mala suerte de AIG y muchas otras compañías que invirtieron en estos instrumentos financieros, la cartera adquirida se convirtió en morosa, e impagable. Rápidamente, el Gobierno Norteamericano tuvo que intervenir para no dejar que AIG se fuera a la bancarrota, inyectándole miles de millones de dólares. Dineros que sacaron de las arcas públicas; es decir, con dinero de los contribuyentes Norteamericanos.

Las pérdidas en diversas compañías, como el caso de AIG, llegaron a sumas difíciles de retener en la cabeza. El total de la cartera morosa invertida en estos instrumentos llegó a 62 mil millones de millones de dólares (62 trillones), aproximadamente cuatro veces el valor de todas las acciones del New York Stock Exchange. No es por nada que el señor Warren Buffett las bautizó como “Las armas financieras de destrucción masiva.” Pero lo que es más sorprendente aún, es que esta forma de inversión no estaba vigilada por ninguna entidad gubernamental. Y por consiguiente, su valor y estipulaciones eran determinados y negociados entre y por entidades privadas. Hoy en día, existen innumerables entidades financieras alrededor del mundo, que poseen en sus carteras estos detonantes que en cualquier momento van a estallar.

En un principio JPM escogió un grupo de 300 préstamos hechos a diferentes compañías como: la Ford, la IBM, y Wal-Mart por un monto de 9.7 mil millones de dólares. Se identificó la porción de la cartera con mayor riesgo, más o menos un 10% de esta, y se vendió a diferentes inversionistas. Uno de los diseñadores de este instrumento el señor Terri Duhon afirmó: “Hicimos posible que los bancos liberaran de sus carteras las inversiones de alto riesgo, y le pasaran la responsabilidad a instituciones diferentes a las bancarias tales como: las compañías aseguradoras y de fondos de pensiones.”

Pero lo que mayor fortaleza y popularidad le dio a estos instrumentos fue la urgencia de proteger a las entidades financieras contra la implosión de gigantescas compañías como: Enron (la cual llego a ser la séptima compañía más grande los Estados Unidos con 21,000 empleados en más de 40 países. Esta se declaró en bancarrota en el año 2002) y WorldCom (la compañía de telecomunicaciones más grande del mundo fue adquirida por Verizon Business después de que fuera desmantelada en más de 3 mil millones de dólares en transacciones fraudulentas por sus altos ejecutivos). Para el año 2000 estos instrumentos sumaban los 100 mil millones de dólares en las diferentes carteras de múltiples instituciones, y llegando a los 6.4 mil millones de millones al finalizar el 2004.

Pero lo peor estaba por venir. El gobierno cortó la tasa de interés a un nivel histórico, impulsando a los norteamericanos a la compra masiva de inmuebles. El adquirir un préstamo era muy fácil, y el precio de las viviendas escaló rápidamente ante la gran demanda. Ahora somos testigos de la burbuja inmobiliaria más grande en la historia del Imperio Americano. Pero todo esto traía un riesgo para las entidades financieras, ahora debían protegerse contra la posibilidad de que las hipotecas de los millones de compradores se convirtieran en morosas. Claro que existía ya una solución a esta posibilidad. Los instrumentos creados por los banqueros de JPM. Los bancos agruparían aquellos préstamos de más riesgo y los venderían en forma de bonos (bonos respaldados por los pagos mensuales de los deudores de hipotecas), nuevamente a cambio del pago de una prima.

Ya las compañías aseguradoras no estaban asegurando la vida o las casa de los norteamericanos, si no sus hipotecas también. En el caso ya mencionado, la aseguradora AIG al momento de la intervención gubernamental, tenía en su cartera alrededor de 400 mil millones de dólares en bonos hipotecarios. La prestigiosa firma de “Wall Street,” Lehman Brothers, al momento de su quiebra poseía en su cartera 700 mil millones de dólares en bonos hipotecarios. Gran parte de esa cantidad estaba respaldada por la AIG. Una vez desaparecida la firma Lehman Brothers, AIG debía responder por la cartera morosa de esta, y era claro que no lo podría hacer. Cabe mencionar que por la única razón que el gobierno salvó a AIG fue para evitar el pánico colectivo entre los inversionistas de “Wall Street.”

Por ahora sólo se puede esperar, que el gobierno del popular presidente Barack Obama, tome las medidas menos perjudiciales para la economía de los Estados Unidos, ya que los dineros inyectados a las grandes entidades bancarias y a diferentes industrias ha salido del bolsillo de los contribuyentes norteamericanos, y lo más factible es que los nietos y bisnietos de estos contribuyentes tengan que pagar el gran hoyo negro dejado por los señores del “Wall Street,” y los mandatarios en Washington.

Traducido por Javier Castelblanco

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