Cuando el río suena…

Rio Hace poco nos pusieron de nuevo en la palestra internacional en una de las tantas listas negras que elaboran desde fuera para catalogar moralmente, a veces con hipocresía, a otros países y lo han hecho con el tema ya recurrente del maltrato de nacionales haitianos.

La verdad es que en el informe se les fue la mano como suele pasar en estos casos en los que, a menudo por desconocimiento o por mala intención, se meten las extremidades inferiores hasta lo hondo. Desde los sectores oficiales y algunos privados se han escandalizado como de costumbre, y se ha negado, criticado y machacado los informes, a quienes lo elaboraron y a los países que lo difunden. Nos parece muy bien que nos defendamos y tratemos de poner las cosas en su sitio, pero el caso real es que la República Dominicana, tierra fértil de gente básicamente buena, amistosa y alegre, es acusada con demasiada frecuencia de muchas cosas malas que están sucediendo en nuestra sociedad.

Se pregona a los cuatro vientos que esclavizamos a los haitianos y hasta nos han llevado a una corte internacional por ello, que los derechos humanos nos los saltamos como si fueran semáforos en la noche, que exportamos de prostitutas como si fueran bananas, que si las redes de la droga son más largas que las de un barco pesquero de esos que acaban con toda la fauna marina, que estamos entre los países más corruptos del mundo…Pero cabe preguntarse cuánto hay de cierto en todo ello y cuánto hay de inventado. Tal vez las listas exageren lo suyo, no podemos negarlo, pero no surgen de manera espontánea y en algo o mucho se fundan.

Por ejemplo, a cada rato se desmantelan organizaciones que trasvasan ilegales a los que se les cobra una alta suma de dinero. Si esto de alguna manera no es traficar con personas, que alguien nos lo aclare. Otras noticias nos han dicho que hay trabajadoras sexuales criollas, la mayoría explotadas en términos de compra y venta por mafias locales y extranjeras, en once países.

Sobre el narcotráfico vimos con estupor como las autoridades reconocían que la droga nos ha desbordado, sin contar con el reguero de asesinatos espeluznantes que van dejando por todo el país.

De los haitianos, no hay mucho que hablar, detrás una solidaridad ejemplar demostrada por el gobierno después del terremoto, existe un entramado secular, no de esclavitud porque por fortuna no existe en nuestro país, pero sí de abuso, explotación y prejuicio, señalados con frecuencia por sociólogos e historiadores.

Respecto a los derechos humanos todos sabemos que pasa con esos intercambios de disparos y de los que se apresan vivos y llegan con tiros en las cabezas o en las espaldas.

De la corrupción sabemos bien lo que se ha cocinado en estos últimos años y la impunidad con que se ha sazonado.

Sobre estos hechos, no hay más que leer y seguir las noticias, por desgracia, con bastante naturalidad pues ya forman parte de nuestra vida cotidiana. Pero cuando nos los señalan con el dedo desde afuera, pataleamos, y nos rasgamos las vestiduras, como si eso fueran puros inventos.

Esta bien, repetimos, que nos defendamos, que la Cancillería haga una ofensiva diplomática cuando se abuse o se difame sobre nuestra realidad social, política o económica, que para eso está o debería estar. Pero también que meditemos cuando se nos señala con el dedo, demasiadas veces y por demasiados cosas.

Pensemos en el refrán de cuando el río suena, agua trae. Y a veces demasiada como para desbordarse.

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