La amistad gran valor humano y don divino

En el mundo en que vivimos pese a que hemos avanzado en tantas cosas nos hemos olvidado de las más importantes que necesitamos para realmente ser felices y crecer como entes sociales dentro de las familias y la sociedad en sentido general.

Nos sentimos perturbados permanentemente por los males que nos acechan, pero no nos damos cuenta que tenemos nuestra cuota de responsabilidad en las causas que han generado los mismos, al habernos cobijado en un egoísmo excesivo y lesivo que se está comiendo el diálogo entre los humanos, de tal forma que cada vez tenemos más conocidos y menos amigos.

Esto nos llama a practicar la amistad por ser uno de los más extraordinarios valores y uno de los dones más altos de Dios, quien se presenta como amigo de los hombres por medio de los pactos que selló con Abraham, con Moisés y con los profetas, además de enviarnos a Cristo para mostrarnos que pese a nuestras debilidades y pecados es nuestro mejor amigo, y que, por medio de la experiencia gratificante de este don se puede tener amigos muy especiales.

Para lograr a plenitud esta meta, debemos lanzarnos tras de ella pero entendiendo que si bien es cierto que todo hombre o mujer necesita de la amistad, por ser una experiencia hermosa, enriquecedora, humanizante y digna de los mayores elogios, la misma al mismo tiempo que es importante y maravillosa, es algo difícil y delicado.

Difícil, porque no es una moneda que se encuentra por la calle y hay que buscarla tan apasionadamente como un tesoro. Delicada, porque precisa de determinados ambientes para nacer, especiales cuidados para ser cultivada, minuciosas atenciones para que crezca y nunca se degrade.

Es por ello que la amistad no debe ser simple simpatía, compañerismo o camaradería, por ser una de las más altas facetas del amor, por tanto, en la amistad el uno y el otro dan lo que tienen, lo que hacen y, sobre todo, lo que son. Esto supone la renuncia a dos egoísmos y la suma de dos generosiades. Supone, además, un doble respeto a la libertad del otro.

En fin en una sociedad tan débil y frágil como la nuestra, constituye la profunda práctica del valor de la amistad un factor primordial al que debemos recurrir necesariamente para fortalecer a nuestras familias, nuestras instituciones, nuestras comunidades y nuestra nación, para lograr a través de la fe no fingida y el amor que se profesan unos a otros los verdaderos amigos, conquistar la renovación y transformación que requiere la sociedad dominicana.

Ysócrates Andrés Peña Reyes
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