Hermandad Latinoamericana

Viví 20 meses en Buenos Aires, Argentina, para hacer una maestría en Ciencia Política y Sociología. Con el tiempo descubrí que la maestría solo fue una excusa para escapar un tiempo de Colombia, de mis fantasmas amorosos y de unos cuántos años un poco tediosos. Aún lucho con una tesis eterna que no se quiere hacer sola y con la que no despego. Pero esa no es la historia que les vengo a contar.

Lo que les vengo a contar es que esta experiencia me sirvió para conocer mucho más a fondo no solo a Argentina, sino al resto de Latinoamérica. FLACSO, la institución en donde estudié, es la expresión más pura de la academia latinoamericana unida. Tiene sede en 13 países (incluyendo a República Dominicana), incluso más que la CONMEBOL, que es la confederación suramericana de fútbol. Por consiguiente, es conocida en todos nuestros países y es natural que los argentinos se vayan a estudiar a México, los mexicanos a Ecuador, los ecuatorianos a Cuba y los colombianos a cualquier parte, porque en nuestro país no hay.

En mi curso de maestría conocí argentinos, por supuesto, pero además tuve el placer de interactuar con mexicanos, venezolanos, brasileros, chilenos, peruanos, bolivianos, costarricenses y personas de otros países hermanos que ahora se me olvidan. Como es natural en los cursos académicos, las empatías afloran y los grupos de personas van generando sentimientos de amistad que se concretan en actividades extracurriculares. Así empezamos a salir en horarios non sanctos para conocernos más allá de la academia y más acá de nuestros vicios. Así se fue conformando un grupo selecto y reducido de amigos, verdaderamente amigos, que perdura hasta nuestros días. Y estoy hablando del año 2010. Desde México hasta la tierra del fuego en Argentina y Chile hay amigos y amigas de varias nacionalidades con quienes aún mantenemos el contacto, compartimos nuestras novedades en las redes sociales y tenemos nuestro propio grupo en facebook y whatsapp que se llama “hermandad latinoamericana”.

Y es que es fácil hermanarse entre latinoamericanos. Compartimos todo lo que debe compartir una sola nación para sentirse como tal. Según Benedict Anderson en su libro “Comunidades Imaginadas”, una nación comparte una historia común, una lengua predominante, una institucionalidad, unas normas y lo más importante, el sentimiento de pertenencia a una comunidad dentro de un territorio. Siempre he creído que los Estados Nación fueron inventados por las élites para poder someter dócilmente a las masas al hacerlos propietarios de una ficción llamada Patria. Mientras los ciudadanos se aferran a ese sentimiento nacionalista y se hacen matar por un imaginario, las élites se aferran a ese material tangible llamado propiedad, capital, riqueza o como quieran llamarlo y hacen matar en nombre de la tal Patria a los más pobres para proteger sus feudos nacionales que en realidad son su territorio y sus bienes. En otras palabras, el sentimiento nacionalista es funcional a los intereses de los más poderosos, pero es tan fuerte, emotivo e irracional que los desposeídos y los desvalidos lo ven como su única propiedad y el fundamento mismo de su identidad.

Entonces mi deducción es simple: Latinoamérica tiene varios dueños distribuidos convenientemente en eso que llamamos “países”, pero seguimos siendo una sola Nación. Por eso me aventuro a escribir para un medio de República Dominicana sintiéndome en mi casa y con mi gente, porque sé que me están leyendo en español por la simple razón de que Cristóbal Colón desembarcó en 1492 allá cuando se le atravesó todo un continente y en su cuarto viaje desembarcó en las costas de Colombia capitaneando barcos repletos de conquistadores españoles cuando todavía creía ilusamente que llegaba a costas de la India.

Yo no conozco República Dominicana. Nunca he ido. No he tenido el placer de bañarme en sus playas, de darme un paseo por Santo Domingo o de tomarme un daikirí de piña en alguno de sus hoteles. Sin embargo, vivo eternamente agradecido con Wilfrido Vargas por ser el precursor del único ritmo que aprendí a bailar decentemente en mi vida, el merengue. De no ser por el gran Wilfrido mi primer contacto con una mujer hubiera tardado hasta bien entrada mi adultez, porque cuando yo era adolescente solo se sacaba el valor para hablarle a una mujer mientras bailábamos. Y el gran Wilfrido se bailó (y se baila aún) en Colombia porque su ritmo se parece a todos nuestros ritmos tropicales y porque tiene el sabor de nuestra costa Caribe en donde el mar también besa nuestras playas, ese mismo mar que besa las playas de su hermosa tierra.

Entonces debo reconocer con orgullo y con sentido de pertenencia que, si me debo someter a eso de la Patria y la nación sumisamente porque el orden mundial así lo exige, me siento mucho más latinoamericano que colombiano. Que, si bien no dudo a la hora de apoyar a la Selección de fútbol de mi país cada vez que se le debe parar a las potencias futboleras de Brasil o Argentina, lo hago con la misma emoción que apoyo al equipo de mi ciudad, Millonarios, cuando juega con rivales de otras ciudades o contra el rival de patio. Mis sentimientos patrios por Colombia están ligados a mis afectos más cercanos. Pero mis sentimientos patrios por Latinoamérica están ligados a mi identidad, a lo que soy, a lo que hablo, a lo que pienso y a lo que me gusta.

Por ello viví en Argentina casi dos años sin sentirme jamás como un extranjero a pesar de que tenía un pasaporte en vez de un documento nacional de identificación. Por eso me fue tan fácil sentir a mis amigos argentinos, mexicanos, venezolanos, chilenos, bolivianos y otros colombianos como mis hermanos latinoamericanos en donde los locales jamás nos hicieron sentir como visitantes sino como parte de los suyos. Y eso es una hermandad, ser parte de lo mismo. Por eso me duele con la misma intensidad la violencia en México que en Colombia o la inestabilidad política en Venezuela tanto como en Argentina.

Necesariamente soy colombiano porque mi identificación no miente. Nací en Colombia, mis padres son colombianos y he vivido la mayor parte de mi vida en ese país. Pero sentimentalmente soy latinoamericano porque hablo español, me encanta la comida, la música y el atuendo tropical, me rijo de acuerdo con las costumbres occidentales que nos impusieron los españoles, pero también valoro y respeto las costumbres de nuestros hermanos mayores que se refugian en las montañas escapando de una colonización infame que jamás pidieron y a quienes aún llamamos “indios” cuando en realidad son indígenas, que parece lo mismo, pero no es igual.

Por eso, hermanos dominicanos, me atrevo a llamarlos “hermanos” después de esta argumentación y quiero decirles que, aunque no los conozco ni conozco su hermosa media isla, me siento parte de ustedes. Por eso, si alguno se encuentra al gran Wilfrido en alguna calle de Altamira, Santo Domingo o San Francisco, dígale de mi parte que gracias a él pude hablar algún día con una mujer antes de que me sorprendiera la pálida adultez. Si logran hacerme ese favor, les estaré eternamente agradecidos. Un abrazo hermanos dominicanos. Por acá nos seguiremos viendo.

andres felipe giraldoAndrés Felipe Giraldo López.  es escritor, politólogo, catedrático pero más que todo un ser humano. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.   @andrefelgiraldo

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