Isaac García de la Cruz

Su Santidad Francisco casi llega a su sexto año de haber asumido como Sucesor de Pedro y, durante este período, se ha destacado prioritariamente por ejercer el Magisterio a través de homilías, gestos y mensajes muy puntuales. Siguiendo la tradición de sus predecesores, nos ha regalado cinco Mensajes para la Jornada Mundial de la Paz, que se celebra el 1ero. de enero de cada año y en cada uno de ellos ha abordado temas de mucha actualidad y ha tomado partido en sus análisis.

En el 2014 trató el tema sobre “la fraternidad, fundamento y camino para la paz”; en el 2015 habló sobre “no esclavos, sino hermanos”; en el 2016 abordó el tema: “Vence la indiferencia y conquista la paz”; en el 2017 propuso como tema de reflexión: “La no-violencia, un estilo de política para la paz” y recientemente en el 2018: “Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz”.

Aparte del objetivo fundamental que es promover la paz, no requiere de mucho análisis identificar los demás temas fundamentales de los mismos. Las palabras más destacadas jalonan un mensaje al otro: fraternidad – esclavos – indiferencia – no violencia – migrantes – refugiados.

El título de cada Mensaje nos da la perspectiva, el pensamiento y las preocupaciones del Papa latinoamericano y, cuando nos adentramos en su lectura, su contenido confirma cuál es el proyecto del pontificado del Papa Francisco: la línea de reflexión del Obispo de Roma, sigue incisivamente temas que afectan al hombre de hoy, sin medias tintas, sin posturas. Los Mensajes siguen un mismo hilo conductor. Todos buscan, desde el Evangelio y desde la fe, darle un giro al modo de analizar y aportar soluciones concretas a situaciones específicas, donde con frecuencia los líderes mundiales y los gobiernos proponen soluciones diplomáticas y no desde el aspecto humano.

El ejemplo más evidente nos lo demuestran las palabras que utiliza el Papa. Por ejemplo, paz se repite 100 veces; vida, 74; hermano, 71; fraternidad, 64; indiferencia, 41; migrantes, 32; justicia, 31; solidaridad, 28; esclavitud, 23; no violencia, 20; esperanza, 16; refugiados, 16; sin embargo, economía viene nombrada tan solo 4 veces. Como podemos notar, el Papa enarbola un discurso diametralmente opuesto a la preponderancia que le otorgan los grandes intereses a los problemas mundiales, a las respuestas que buscan las grandes naciones del mundo y, sobre todo, el comercio mundial que “utiliza y tira” hasta el mismo ser humano, como ha sido la permanente denuncia del Papa desde su primera alocución pública: los descartados. El Papa está preocupado por la humanidad y no por los números de la economía mundial.

En su Mensaje de la Paz del 2014 llegó a afirmar proféticamente: “El hecho de que las crisis económicas se sucedan una detrás de otra debería llevarnos a las oportunas revisiones de los modelos de desarrollo económico y a un cambio en los estilos de vida. La crisis actual, con graves consecuencias para la vida de las personas, puede ser, sin embargo, una ocasión propicia para recuperar las virtudes de la prudencia, de la templanza, de la justicia y de la fortaleza. Estas virtudes nos pueden ayudar a superar los momentos difíciles y a redescubrir los vínculos fraternos que nos unen unos a otros, con la profunda confianza de que el hombre tiene necesidad y es capaz de algo más que desarrollar al máximo su interés individual. Sobre todo, estas virtudes son necesarias para construir y mantener una sociedad a medida de la dignidad humana”.

Definitivamente el Papa ha insertado temas neurálgicos que antes no estaban en las agendas de las Cumbres o que eran silenciados. Pero también, a ejemplo de los Papas anteriores, sigue anunciando la urgencia de paz que vive el mundo, demostrando que la paz no se consigue solamente por silenciar las armas, sino por los pequeños gestos que cada persona puede hacer, desde su propia posición e iniciativas.

Interpretando el deseo más profundo del Papa, podríamos escuchar su voz solicitándonos: Utilicen las manos para abrazar y estrechar las del hermano, en vez de tomar las armas; invoquen al “Príncipe de la paz”, no al reino de la muerte; redescubran al otro como un hermano y no como un enemigo; siembren la paz en vez de la violencia; reconstruyan la justicia en vez de los pueblos derribados por las bombas; armen a los pueblos de educación y no de artefactos; defiendan la vida, no promuevan la muerte; azucen la paz, no la guerra.

En un mundo donde escuchamos discursos incendiarios y amenazas de guerras, se hace más urgente cantar junto a Francisco la invitación del profeta Isaías: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz!” (Is 52,7).

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