América Latina: el fracaso del sistema presidencialista

America LatinaEl estado es el eje central de la lucha entre los sectores dominantes y los sectores excluidos del poder, cada uno pertrechado desde la trinchera del partidismo político y los antros del poder fáctico de la sociedad civil.

En América Latina el siglo XXI dio al traste con el juego de poder entre las derechas, las izquierdas y las acechanzas de sectores militares, siempre prestos a hacerse cargo de la situación al menor indicio de vacío de poder, sin límites de tiempo y sin más reglas de juego que la fuerza y el desafuero como elementos fundamentales para el ejercicio del estado. 

La globalización ha propiciado la posibilidad de este fenómeno sociológico, que determina la composición del nuevo eje de poder del estado. Actualmente, los responsables de poner o quitar un gobierno son los mercados, la estabilidad macroeconómica y la sensación de bienestar o malestar social de los pueblos. 

El neoliberalismo como paradigma de poder político no conoce la solidaridad ni el equilibrio social como punto de inflexión entre las rentabilidades del capital y los pueblos bajo su orientación económica. La desregulación de los mercados y la expansión del capital constituyen la piedra angular del sistema capitalista del siglo XXI. 

En la actualidad, la clase oligárquica de las diversas naciones juega un papel cada vez menos relevante en los juegos de poder, este espacio ha sido usurpado por los empresarios políticos y los narco empresarios, en contubernio con los políticos enquistados en las estructuras partidarias, cuyos liderazgos muchas veces son espurios, no forjados en la lucha política, sino resultantes de grandes inversiones mediáticas, lo cual provoca una pérdida de credibilidad en el sistema de partidos. 

La política como ciencia del poder debe ser objeto de estudio de los politólogos, los institutos de formación política y las fundaciones políticas internacionales, estructuras que deben plantearse las nuevas realidades de los partidos políticos como instituciones mediante las cuales los ciudadanos se sienten representados en las diferentes instancias de poder del estado. En muchos países latinoamericanos ha quedado atrás la era de los grandes liderazgos populares para dar paso a una era de líderes virtuales. 

La mejor oferta electoral es aquella que represente el estado de bienestar de la sociedad. Hasta la vieja plutocracia está cediendo posiciones. ¿Razones? Ya no somos dueños de nada como pueblo, la globalización e integración comercial dio un giro de trescientos sesenta grados a los intereses nacionales. 

En la República Dominicana, CODETEL (Compañía Dominicana de Teléfonos), principal compañía telefónica y propiedad estatal en sus orígenes, hoy pertenece a un magnate mexicano. La Cerveza Presidente, emblemática fábrica de cerveza nacional, orgullo de los dominicanos, es de capital brasileño; el Ron Brugal, fundado en el 1888 en Puerto Plata, hoy es propiedad de empresarios ingleses, y la principal fábrica de cigarros dominicana es la Davidoff, cuyos propietarios residen en Ginebra, Suiza, desde el año 1911, tras emigrar de Kiev, Ucrania, aunque sus orígenes son judíos. 

Hasta finales del siglo XX, las pequeñas y grandes obras de estado eran construidas por firmas de ingenieros nacionales o por el propio gobierno central, a través de la llamada Secretaría de Estado de Obras Públicas y Telecomunicaciones, hoy una entelequia con traje ministerial al servicio del capital multinacional, constituída por las constructoras de obras de envergaduras, por ejemplo, República Dominicana o la Odebrecht. 

Ya nada nos pertenece, porque nuestro oro es de la compañía canadiense Barrick Gold, el ron es inglés, la cerveza, brasileña, el tabaco es suizo, y la telefonía es mexicana. Lo que constituye nuestro patrimonio inalienable es la deuda externa, los niveles críticos de marginalidad y pobreza, que bordean el 40 %, la desnutrición que según el mapa del hambre se ubica entre el 20 % y el 34 %, los pasivos ambientales generados por la explotación del oro, el dengue endémico, y la carga bucólica de los emigrantes haitianos. 

En República Dominicana, el sindicalismo como expresión organizada de los obreros actualmente no existe, las asociaciones profesionales funcionan como clubes y las fuerzas sociales son reprimidas con artilugios o ardides gubernamentales. 

Los grandes partidos han sido secuestrados por una dirección política, que consciente de los beneficios y privilegios generados por la partidocracia, se ha convertido en un dique de contención para la renovación del liderazgo partidario. En ocasiones, tanto los partidos de gobierno como los opositores marchan de espalda a los grandes intereses nacionales, pero en consonancia con los intereses de los dirigentes. 

Entonces, surge la pregunta: terminado el debate entre la izquierda y la derecha, ¿estará amenazado el sistema de partidos políticos en América Latina por la asimetría en la redistribución de la riqueza, la corrupción de estado y la incapacidad para instrumentar un verdadero estado de bienestar a la población? 

Finalmente, solo nos permitimos recordar, que la democracia como sistema de gobierno tuvo su origen en la antigua Grecia, y los partidos políticos surgieron apenas en el siglo XIX. Concluimos con la afirmación que urge una nueva oleada democrática en América Latina. A la vista de un eventual fracaso del sistema presidencialista, hay voces que invitan a volver la vista al sistema parlamentario europeo, donde los ciudadanos tienen la posibilidad de ejercer mayor control sobre la actividad de los jefes del gobierno y el estado.

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