Una buena cosecha de cacao y primer año muerte de Lilís están en el origen de las fiestas patronales de Santa Ana
Una buena cosecha de cacao y primer año muerte de Lilís están en el origen de las fiestas patronales de Santa Ana

Las enervantes, puntuales y sobrecogedoras fiestas patronales de Santa Ana que visten abrasadoramente los entusiastas y desbordantes significados que definen vistosa y ruidosamente a San Francisco de Macorís, se han convertido en el paréntesis ideal para lanzar a un lado un intervalo cargado de inhibiciones y lentas motivaciones.

Surgieron el 26 de julio de 1900, fecha registrada por el santoral católico para recordar a Santa Ana, y por festejar el primer aniversario del ajusticiamiento del dictador Ulises Hereaux (Lilís) y se cuenta que coincidió con una magnífica cosecha de cacao que gozaba de atractivos precios en los mercados internacionales.

Todos los años se repetían esas alegres expresiones, y convirtiéndose en los primeros años la joven Pilar Taveras del sector Santa Ana, como la reina por excelencia y que deslumbraba con su corte a los que se inflaban en un jolgorio anestesiante y que envolvían de alegría a los pobladores de esta ciudad que salía de una adolescencia mostrada en sus calles desafaltadas, sus contadas casas de mampostería, y contadas fábricas que recibían decenas de hombres que estiraban sus músculos sudoramente.

Esos recuerdos lejanos del feudalismo europeo, convidaban a descorchar botellas llenas de esa savia de caña añejada, de amarillenta y burbujeante cerveza; los bares se colmaban con alegres parroquianos y las velloneras deshilaban melodiosas y contagiantes historias de amores, angustias y desamores.

Ya el oficial patrón de la ciudad, San Francisco de Asís, iba olvidándose y los cuatro de octubre (su fecha) pasaba inadvertida y sólo la evocaban quienes arrastraban su nombre o en contados encuentros de cumpleaños.

El fervor por Santa Ana se iniciaba a las 6:00 de la mañana con una misa, previamente convocada por un concierto altisonante que el tañer de las campanas esparcía por los cuatro puntos cardinales, y anunciaba que esta ciudad tiraba a un lado la pereza y se preparaba para una cadena de reconfortantes eslabones.

Días antes, del 26 de julio, por el ferrocarril llegaban familias enteras procedentes de Sánchez, Villa Riva, Arenoso, Hostos, Castillo y Pimentel; trayendo desde sacos de arroz, café, cacao y otros frutos; hasta vistosos trajes de can can que exhibirían las damas en las pomposas fiestas que se organizaban.

Los visitantes se esperaban embadurnados de fragancias parisinas y londinenses, atuendos de lino, gabardina inglesa, costosos casimires, aromáticos cigarros (habanos) botas con lustradas espolainas y llamativas espuelas; bastones bien torneados; anchas faldas, vistosas corbatas; y se hospedaban en los contados hoteles que entonces existían: Feria, Macorís, y en pensiones y casas de familiares; y por las noches se reunían en el parque Duarte y sus alrededores para seguir las actividades conmemorativas que se recogían en un apretado programa.

Entonces se desglosaba un verdadero muestrario de la cultura popular: corridas en sacos, entierro de patos, palos encebados, carrera en burros y carretas; y la calle Santa Ana se adornaba con brillantes y coloridos papeles que ensartados la cubrían desde la estación del ferrocarril hasta los frondosos javillos llenando de espesas sombras la ribera este del que era, caudaloso río Jaya.

Y en las esquinas de la calle, con el nombre de la patrona, grupos de atabales hacían resonar los templados cueros y las voces aguardentosas dejaban sobre el viento atormentados cánticos que talvés llegaron de alguna aldea de Dahomey en los barcos negreros y nos han llegado de generación en generación con muy justificadas variaciones.

Las doñas barrían los frentes de sus casas, otras las pintaban días antes, y se desollinaban las habitaciones, se arreglaban gustosamente, y todo espléndidamente dispuesto para recibir los parientes y los amigos que aprovechaban esos días bulliciosos para visitar a San Francisco de Macorís.

El club Esperanza, montaba con “lujo y esplendor” su reinado, donde una jovencita de la burquesía o la oligarquía era aclamada y entre trajes de Cristhian Dior, Chanel, y botellas de whiskies y coñac, y la música de las orquestas de moda: Rafael Solano, Jhonny Ventura, Félix del Rosario; bailaban hasta el amanecer, y apenas se recordaban las palabras del gobernador que al iniciarse había rendido una empalagosa apología al dictador Rafael Trujillo Molina.

La reina popular se elegían mediante el uso de cajetillas vacías de cigarrillos, casquetes de botellas de ron, y eran patrocinadas por firmas que producían rones o derivados del tabaco, y los escrutinios se transformaban en verdaderos acontecimientos que eran seguidos con vehemencia por las personas humildes; y se coronaban con una estruendosa fiesta en La Güira.

Simultáneamente, vetustos y reusados de parques de diversiones (Coney Island) con sus sillitas voladoras, estrella gigante, caballitos, y otros juegos mecánicos que después de ser utilizados medio siglo en ciudades norteamericanas; llegaban aquí repintados, y envolvían de alegría a los niños; todavía esa costumbre de traer esos armastotes se mantiene.

A mediados de los años setenta, los clubes socio-culturales logran que el Ayuntamiento Municipal los incluya en la elaboración de los programas para sacar el centro de gravedad de las patronales del parque Duarte, y se expanda hacia los sectores populares, y que se retomaran las actividades con hondo contenido tradicional.

En su entonces, la sindicatura que encabeza el ingeniero Félix Rodríguez invirtió cuantiosos recursos financieros para que las patronales de Santa Ana preserven la grandiosidad de esos años se les ha impregnado, y como escenario se utiliza el estacionamiento del estadio Julián Javier para proteger el parque Duarte, y el calendario se extiende por nueve días con reconocidas orquestas y eventos deportivos y culturales.

+ Leídas