Saturnino (Don Nino) Reynoso

Toda mi vida viví con mi abuelo y siempre lo admiré. Vivió en el campo, luego en el pueblo y teníamos una vida sencilla. Siempre había sido un referente para mí, desde niña. Su fuerza, su tesón. La manera en la que encaraba las cosas, desde las más importantes, hasta las aparentemente pequeñas y sobre todo con una gran humildad. Era fuerte, optimista, generoso y trabajador, muy trabajador. Era un buen hombre que le daba a la vida lo mejor que tenía y la vida le devolvía ese favor, dándole salud y el amor de una familia. Le gustaba sentarse a la sombra de su casa.

Muchas veces, sus nietos nos sentábamos con él bajo la sombra de su árbol y escuchábamos sus historias, siempre entretenidas, siempre chistosas.

Crecí con él y aprendí a conocerlo y a entenderlo, incluso más de lo que yo creía. Amaba ver a mi abuelo sentarse a la sombra de su árbol. Un día como todos y como ninguno, mi abuelo permaneció más tiempo que el habitual sentado bajo su árbol. Me llamó la atención porque miraba todo de un modo diferente y sentí que era un día distinto. No me equivocaba.

Estaba mirando con el corazón, no con sus ojos. Fuimos al campo puso sus manos en el césped para ayudarse a levantarse y al tiempo que se incorporaba, dijo en voz alta. “fue una buena vida” y se retiró. Nunca jamás se levantó.

Todos estaban muy preocupados. ¿Por qué no se levantaba? ¿Por qué no quería hablar? Parecía dormido y no lo estaba. Estaba cansado, muy cansando.

Y mi abuelo habló:

-No quiero ir a ningún lado, déjame aquí por favor- me dijo.

-Me di cuenta –contesté y conté lo que había visto aquella última tarde que mi abuelo se sentó a la sombra del árbol.

-Tiene ciento un años. Tuvo una vida hermosa y la vivió a pleno. No tiene más fuerzas.

Yo tampoco quería ayudarlo a morir, la vida y la muerte son cosas de Dios, no nos competen. Lo que sí quería era entender qué nos estaba queriendo decir.

No era descabellado pensar que mi abuelo sentía que todo lo había hecho y que quisiera descansar ya. Su vida había sido buena, había trabajado y había visto los frutos de ese trabajo. Había amado, criado hijos, cuidado nietos. Había conocido todas las etapas que esta vida nos puede dar, niñez, juventud, madurez y vejez y las había transitado todas con humildad.

Había sufrido también, lo suficiente como aprender de ese sufrimiento. Se había equivocado más de una vez, y había podido enmendar sus errores. La vida no le debía nada y él tampoco a ella. Estaban en paz, uno con el otro. Si él sentía que ya era tiempo de partir, sin dudas que así lo era.

Descansa en paz mi querido abuelo Nino, gracias por protegerme y quererme tanto.

Tu nieta Luz Esther Santos Reynoso.

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